El amor en tiempos del zika y el beso en la calle o en lo oscurito

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Por Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El amor romántico, siendo tan sincero, tan abierto, escoge sus sitios de la ciudad para demostrarse. Y claro el amor ha hecho su propia historia de besos y desaires, encuentros y desencuentros, historias y leyendas unas verdaderas y otras no tanto.
Victoria todavía es una ciudad que conserva sus características provincianas y sin embargo la modernidad poco a poco se ha llevado los besos callejeros, los apapachos y arrumacos de los tortolos citadinos, como se les llamara antes.
Se nota que hoy se habla con desparpajo de los momentos del escarceo y la corte amorosa en el noviazgo, si es que hay noviazgo previo a un encuentro sexual. Pero no siempre fue así. El amor sin matrimonio, en países como México era un pecado y además no bien visto por la sociedad.
Y sin embargo, nuestras culturas, en lo general, provienen del libertinaje sexual y de la promiscuidad, de la perversión amorosa y la natural manera de ver el amor sin tapujos, como los antepasados, que tampoco se resguardaban para liarse a besos. Provenimos de una cultura donde la mujer no había jugado el papel que le correspondía en el acto amoroso y todo lo que surgía en el entorno.
Y es que tampoco se veía mal, no era un tabú que había que realizarse a escondidas, no exigía una falsa intimidad, porque tampoco se consideraba el sentimiento, sólo la posesión carnal de nuestros antepasados indígenas.
La cultura del pecado, el bien y el mal, la asociación con las distintas órdenes religiosas fue cambiando el modo de ver el momento en que dos personas decidan hacer el amor o el sexo; de esa suerte cada religión impone sus quebrantos. En el hinduismo existe el término altruismo: el amor sin apego ni deseo; y el amor, en el cristianismo, es tratado aquí como el más grande mandamiento, donde existe al apego y el deseo de obtener la salvación para una vida eterna.
Según la ciencia y sus scanner de cerebro, al amor se sitúa en córtex pre frontal izquierdo del cerebro, lo que se menciona antes de que se cambie de opinión y el amor sea solo un espacio que envuelve y hace vivir de todas maneras. Se muere la persona y el amor ahí queda.
En la misma línea, Sigmund Freud consideraba que todas las motivaciones humanas tenían un trasfondo libidinoso y, por lo tanto, egoísta. Según ello, el amor compasivo sublimado escribe al amor como un comportamiento exclusivamente narcisista. Para él las personas sólo aman lo que fueron, lo que son, o lo que ambicionan ser; distingue, incluso, entre grados saludables y patológicos de narcisismo. Escribió, entre otras cosas, que el amor incondicional de una madre lleva a una perpetua insatisfacción: “Cuando uno fue incontestablemente el hijo favorito de su madre, mantiene durante toda su vida ese sentimiento de vencedor, mantiene el sentimiento de seguridad en el éxito, que en realidad raramente se satisface”.
Antaño era difícil darse un beso en medio de la prospectiva de encontrarse a un padre enojado, por andarse besando en la calle, o que llegase de repente y la pareja disimuladamente fingiera no conocerse cuando el padre lleva días espiando.
Los padres ya no son los de entonces, también modernos, muchos de ellos ya nacieron en tiempos del celular y de la red. Así que, más liberales, no tuvieron tiempo a negar algo con lo cual ellos incluso se identificaban.
Simplemente los jóvenes con todo y sus derechos que este país les ha proclamado se han evidenciado de cierta manera y abandonaron lo arrumacos de las calles donde solían manifestarse para meterse a un cuarto.
Era común ver a las parejas tomadas de la mano, pero lo más común era verlos abrazados por las calles, ella con el brazo en la cintura de él y él con cierta ascendencia que se manifiesta en ese hecho, echaba el brazo alrededor del hombro o ya de plano alrededor del cuello de ella, donde era bien fácil juntarla para darle un beso.
Se iban por las banquetas a las plazas más viejas hasta que oscurecía y la gente comenzaba a observar quiénes eran aquella parejita que se quedaba hasta ya tarde para elaborar la historia de alguien a quien seguramente conocían.
Las plaza más antiguas, los lugares más oscuros de la ciudad eran conocidos: lugares como el estadio, el parque de Tamatán, las escenas en el andén de la central camionera, la salida en la barda de una escuela, la loma, el cine, en fin.
Los niños, ante la presunción de un beso, al pasar por donde una pareja, se quedaban viendo para comenzar a aprender desde la pregunta, ¿qué será eso del beso, qué se sentirá?, ha de ser feo, y los niños de primero todavía decían que no tendrían novia y las niñas de esa edad por eso nunca se iban a casar.
Hoy los niños, entre bromas, traen novias. Novia conocida y solapada por las mamás, crecen los niños y vuelven a verse ya grandes cada quien por su lado, con hijos, y no hay manera de que se cumpla en viejo adagio que casi por compromiso familiar se cumplía.
Antes de un beso uno de los dos protagonista se cercioraba de que nadie veía o que no viniese el padre de cualquiera de los dos, uno para enfadarse y el otro para enorgullecerse de su hijo conquistador. Hoy en día los propios padres llevan a sus hijas al baile, al antro; en contadas ocasiones, pues ellas van solas o con el interfecto. Pero cada vez es más cercana la libertad de que las mujeres hagan uso de cualesquiera delas 24 horas del día para convivir con los demás.
Durante la historia de la humanidad se ha consignado el amor entre las figuras del egoísmo y el altruismo, como el amor y el desamor, o el yang y el ying, lo bueno y lo malo, por decir lo menos que envuelven a esta pasión que es el amor.
El amor: Un término ampliamente conocido pero indescifrable. Un término que no nos pertenece según la religión sino en la representación de un Dios.
Hacer el amor en otros tiempos era un acto sagrado, una liturgia posterior al matrimonio o en culturas diversas incluso durante la celebración de la boda, no antes.
O bien, el amor era lo de menos en las relaciones sexuales y en el matrimonio, considerado por culturas ancestrales como un convenio para hacerse de riqueza, lo que hoy viene siendo un matrimonio por conveniencia, pues el padre o la madre acceden al matrimonio cobrando, por decir algo, una factura por el compromiso y el haberla mantenido y cuidado desde el nacimiento.
Era por eso que en una franca rebeldía y puestos de acuerdo previamente, la pareja elegía irse sin permiso de la gente, se “juían” como se decía en los pueblos, y a caballo, en carro, o se quedaban de ver en una estación, un andén numerado, una esquina tal vez del pueblo que los había visto enamorados.
El amor era lento. Se tardaba mucho una pareja en darse un beso, un beso tímido por supuesto, un beso inolvidable por eso.
Se recordaba el primer beso, al primer novio con el cual se casaron y tuvieron hijos. Hoy se procura olvidarlo y hacer como si nunca hubiese existido luego de otros veinte reconocimientos labiales que se practican a la mínima invocación de una palabra, hasta sin decirse nada, o con esa libertad contemporánea de que así les dio la gana. Y cada vez menos parejas buscan consolidar su matrimonio como pareja mediante un documento, que según su criterio solo complace a los demás.
Y sin embargo aún quedan parejas a la antigua, de esos que como en la canción de Roberto Carlos, que suelen todavía llevar flores, antes de robarse un beso.
Y con tantas enfermedades del nuevo milenio, como el dengue, chicungunya, el zika, si el beso es en la calle, se besan asomándose al vuelo trepidante de un mosquito, con todo y modernidad, con miedo que  un mosquito parejo pique a los dos para morir iguales, para, como aquellos románticos novios suicidas, morir en una novela o en la vida real, y lo que quieren es pasarlo bien, sin tapujos y, por qué no, amarse para siempre, estén donde estén.