Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Tranquilo aquí donde estoy espero la llegada de la muerte. Sentado o de pié, asomándome a la ventana no gano nada, como la última vez que quise hacer algo.
Es así como pasa el tiempo. Pasa y pasa y lo toco con la mano, lo muevo como a las manecillas y lo contraigo como un dolor de estómago. Como un golpe recordado en la rodilla.
No veo a nadie, pero siento que todo pasa, que todo mundo me observa cuestionando cosas elementales, pero también putrefacciones de mi vida. No los conozco. No soy nadie. No estoy aquí para escuchar o decir.
Tranquilo puedo beber café, agua, algo pero no lo hago. Estoy detenido en la incertidumbre. Arriba de eso hay soledad y saco la mano y la mojo con la lluvia ácida del último tiempo.
Dicen que viene la muerte, los he escuchado susurrando al otro lado del baño, atrás en el patio antes de irse para siempre. Me asomo y todavía no hay nadie.
El tiempo se desgarra en mis ropas y cae al suelo. Estoy desecho, dentro de mí no había lo que pensé y he recorrido con los dedos las vísceras, los extraños nudos de las tripas retorcidas, lo violáceo del hígado, he sentido el ombligo por dentro, inflamado.
Esta no es una caja, ni un envoltorio, sacudo los pies, los cascajos del pelo, me muevo, me orino, me acabo en un dedo.
El agua que me buscaba no llama mi puerta ni golpetea con sus nudillos el alma líquida que escapa. La sangre es una especie de orilla que se arrincona y el suelo cobra vida abajo del agua, por donde entró sale lava, pedazos de vida.
Esta es la muerte. ¿Acaso había otra? La espera no importa si el tiempo atraviesa la puerta, me deja leer, me saca por la garganta.
A quién diré que estoy de vuelta, que me ignorará desde una esquina de la plaza y dará la vuelta. En qué estepario árbol dejaré constancia de ave, de alas y de cigarro humeante.
Vengo de las voces que escuché, vengo de nadie, de eso que no fue, del sonido ligero, del viento sin freno, del trasplantado mineral de sueño que no llegó a dolerme. Vengo de donde no vengo, miento donde mentí para reforzar una verdad ajena.
Esta ha de ser la muerte esperada. Tal vez haya que hacer por ella como que morimos, como que nos podrimos y nos secamos y nos volvemos tierra para engañarla y salvarnos. Uno qué sabe.
En la otra cuadra el gobierno construye un parque invisible, ya no pasaré en mi segundo, en mi vuelo de muerto fácil y adrede. Me quedaré porque así es esto de morirse, quedarse acostado, dejar de respirar, no irse, quedarse para siempre, con las ropas del suelo.
HASTA LA PRÓXIMA.





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