Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Hay angustias, experiencias que están aquí cerca de los poemas que resucitan sin letras. Es el poema en el aire, el que nace antes de la técnica y de la hora del lápiz.
En cierto modo he sentido la necesidad de proteger el poema corto, pero hay otros momentos de largo aliento, como si el cielo escondiese todas las noches, y las aves cayeran como follajes. Y hubo de aguaceros, dentro de algunos instantes, al infinito de ojos que leen lo no escrito.
Quiero que leas, y veas que entre mis ojos y el papel que mancha de tinta el fondo, hay un elemento de libertad, un instante interno, y es que donde estamos tú y yo, no hay nadie. Es una eternidad de cierta manera esa ausencia, desde los pueblos errantes donde te escribo.
Siempre estoy al tanto de los movimientos de otras letras, estamos habitados por una pluralidad de yoes. A mí me gusta toda la poesía, incluso la que escucho en la calle, la que camino, la que vuelve el rostro cuando todo está oscuro.
Quiero que persista en mí el sutil y súbito descubrimiento de un poema repentino, amoroso, doloroso. Luego pienso que no necesito decirlo, es un vicio repetírmelo.
Con cierta pretensión metafísica lo digo. Esa es otra, siempre digo lo que pienso. Que ya no sé a dónde se fueron las respuestas que tampoco debí decir en un clima fresco. La tarde es una noche chiquita, un remilgo de sombras por todo.
La generación anterior me hizo leer también. Espero sirva a alguien esto que escribo a diario. Esta es la prehistoria y las ciudades que cuentan la historia del hombre. Como si caminasen por un caso curioso, un nos vemos, una sacudida.
Una de las avenidas de la ciudad corre por dentro del asfalto. A media noche cae una campana de su sonido. Abajo, una docena de pájaros sostienen la gran nube.
Hoy, en la calle, en la puerta abierta con una gran sombra de árbol, el cuerpo de la poesía es una gota de agua que cae permanentemente.
Yo te conozco, te adivino, te he visto muchas veces. Uno sabe que de tu parte mientras escribo, y escucho el paso de la gente, está lo maravilloso y presentido de saberte. Si nos expulsan, el poema es un reflejo que te nombra. Es como el tiempo que no pasa, no se ve pasar por las ventanas. Uno ve la experiencia poética.
Quiero que leas esto como la plática de una noche paralela. La noche es la creación a oscuras, pero creación de todas maneras. La pregunta es igual que la respuesta, mírala bien. El día es la ausencia de sombras, pero apenas sí tiene idea.
Por lo demás tranquilizo el momento en que el pulso le da fuerza a una semilla y crece un río por dentro del árbol, de la nube y del fondo de un pastizal.
Cuido que mis primeras lecturas prevalezcan, pero es imprescindible volver a lo inexpugnable, ahora entiendo el orden psicológico, mi ambigüedad y lo ingrávido de un poema, su terrible indefensión.
Por si sola, la poesía crea una sociedad muy libre que nace adentro. Pero afuera, en el encuentro, cambia. Es una evangelización de palabras antes de dar con la naturaleza y los objetos, y la naturaleza de los objetos. La poesía es también una revolución de imágenes, más allá de revuelta, es una rebeldía.
La poesía también es un acto de justicia intelectual, un premio físico y sensual para quien puede expresar lo que quiere, pasado como un papel volátil, por la noche, en las luces que te ven llegar.
HASTA LA PRÓXIMA.





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