Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Vienes de ahí de esa guerra, te veo venir en parvadas de aves, lírica, como las nuevas civilizaciones de tribus, como labios que son una gran experiencia para mí cuando apareces con cierto armamento y yo desarmado, accesible a la muerte.
Soy un río de latidos en el mundo que transpira y cae. En mis manos todavía cabe el mar de tu comienzo, tu amor de raíz arrancada a mis sueños en cualquier momento. Directamente del texto. En esta página.
Eres siempre poesía, religión bajo el brazo de una calle, en una reforma de necesidades solitarias en el universo, eres sustrato de noche de arriba abajo donde escribes y eres escritura.
Vivo después de la guerra, del otro lado de la libertad. Salvado a pasos de ciego llegando al centro de la ciudad sin conocer un viñedo.
Cuando me recuerdo, ciego, poseo un punto de vista moral que destruyo, totalmente, mucho más lúcido que mis contemporáneos, como un tesoro ardiendo. He perdido todas las batallas, pero he ganado una a diario.
Uno de los primeros poetas fue el horror del descubrimiento. Vengo de la guerra que irrumpió en el nudo corredizo de una barca. Perdí la máscara.
Tuve una pelea y volvía a casa con la boca ensangrentada y lleno de voces, me inmovilizo como una piedra, ahora bajo una idea muy claro, sudo ignorancia al voltear una hoja.
Cuido tus ojos descritos dos veces, sin moldes, de componentes que ya no existen, vengo a sustituir el vaso en el que bebes mi sangre a gotas. El telescopio lo construí yo. Despierto, adentro de tu mente.
Todas las noches migras a tu cuerpo y migración es una tablilla de arcilla, en la recuperación de sueños, parvadas de manos. Paraíso repuesto sin pecadores, sin penitentes, sin justos siquiera. Ojos de precipicio, distinto y el mismo.
Tu eres parvada de aves con la habilidad de mis ojos, eres lo que soy y no soy, subes por mí, por mis fronteras y hábitos, y por mis fuentes y te meses como un rugir de selva en una gran lago de llamaradas blancas.
Vengo desde la guerra de una visión voluntaria mientras dura. Vengo desde la primera persona, el único personaje de la comedia humana, el único San Agustín y sus confesiones aterradoras.
Me hablas de tu presencia que sucede en la piel, en el movimiento de las manos, a propósito de una agenda en estas calles. En mi siglo.
Me tardé en leerlo de tus ojos, sin entender entiendo tus ojos. Una sola persona tengo cuando digo nosotros.
Cuando te veo, viajo en tus ojos al centro del mundo. Salgo a uno de esos lugares distintos. Qué bonito lugar es este cuando me miras desde el mar. Con eso puesto, dos que sin embargo están juntos, ni siquiera se hablan, no tienen tiempo, dan vuelta en la eternidad.
HASTA LA PRÓXIMA.





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