Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Voy caminando por las vías del tren, me acompaña una vía paralela interminable. Me equilibro apenas en pasos inseguros que sin embargo avanzan entre la polvareda.
En el aire se ha grabado la canción de enfrente y sobre un ferrocarril imaginario pasa de nuevo el fervor del cuadro de un artista que escribe. La seguridad del siguiente paso me impide voltear a ver atrás. Me fijo en un corto futuro.
Entre los durmientes una piedrecilla redonda quedó en medio de otras. Una red de filosas navajas de piedras picudas le impide moverse.
El documental inicia con un hombre pisando el riel y de ahí la historia se pierde para siempre.
Cuando amanece, sin piedad, el riel es el primer esclavo de los ojos. Atrapado en su peso, insiste en levantarse, lleva años atorado en su cuerpo. Le callan los clavos que le han colocado como a un cristo de fierro.
Amanece y el sendero es el largo camino que se dibuja con los dedos. Al sur el cuadro renacentista adquiere tonalidades ocres y la incesante lluvia de rayos solares se manifiesta sin tregua, a raudales.
Sobre unas piedras amontonadas duermen los durmientes, encima el hierro les abraza con la inocencia del caso inesperado, del in merecimiento.
Cuando pasa, el tren parece que huye y deja doblado el cristal del tiempo, el ave del olvido es una humareda, una caja quemada, cualquier cosa que fuere.
Luego el presente es la calma, la espera del ferrocarril, el mismo que acaba de irse.
La calle es calle. Pero la vía es infinita. Cruzan por ahí las primeras miradas viéndose.
Cruzan por ahí azúcar ígnea, rocas de asbesto, terribles pasos, ensordecedoras memorias, pasan las noches, cruzan un puente. Cruzan la vía, la brincan.
Cruzan la vía los vehículos, las ausencias, los remotos sonidos del viento, los aquelarres, los pequeños remolinos que arrastran papales.
El señor encomendado aprieta el paso y cruzando es una cicatriz en un espejo visto. El ojo de Dios cruza. Antes de caer, el día cruza la vía intempestiva.
Al fondo, el infinito sigue siendo riel que sigue. Más allá de los actos, a un costado de lo que se saben de ellos, los rieles han inventado pueblos. Camino sobre uno de los rieles liso, brillante como espejo. Me estoy acercando.
Estoy listo para bajarme del mundo en cualquier momento y echar a correr. Pero nadie me persigue. Me siento normal.
Retomo la calle que es la calle, doy un ligero salto y caigo al otro lado, cruzo la vía que me trajo de nuevo. Veo el montón de piedras, el fondo del cuadro, el blues cayendo de la tarde que escribo.
HASTA LA PRÓXIMA.






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