Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Cuando Adrián nació fue un poco triste. Apenas la partera y Clementina, su madre, lo vieron salir del vientre. El resto de familia no existía. Pedro, su padre, llegaría en unos cuantos días, pero el día exacto no se sabía. Ni siquiera se sabía a ciencia cierta si vendría.
Dentro de la penumbra de aquel tejabán de techo de lámina y una barda que hacía las veces de pared, Clementina le sonrió a Adrián por primera vez.
Era un chico agraciado, como todos los recién nacidos, todavía no se notaban lo que después serían sus facciones. Pero su madre se dijo por dentro “se parece a su padre”, muy segura de sí misma y lo compartió con la partera que no movió ningún gesto de su endurecido rostro. La partera secó las manos y abandono el recinto humilde luego de haber cobrado.
Fue hasta después de dos años que llegó su padre y lo encontró ya grande al muchacho, balbuceando algo, lo que parecían palabras, enredadas en su cerebro, atoradas por la inexperiencia de hilar una silaba con otra para expresar un afecto, algún desacuerdo.
Pedro lo vio y desde ahí cambió su vida. Se prometió ser otro y fue otro. A ese niño, según él, le daría lo que a él mismo le había faltado. Así que le echó más ganas, ya no se apartó de su lado.
Trataba de entender lo que el chamaco le decía. Trataba de enseñarle palabras completas, hasta que como granos de maíz que cae, fue brotando de los delicados labios del niño el patrón correcto de las primeras frases, que llevaban muy claro el nombre de Pedro.
Desde ahí comenzó Pedro a comparar a su hijo con los hijos de sus amigos. Su hijo se le hacía más bonito, claro, y más gordo, más listo, con algo especial por el cual Dios se los había mandado a ellos ¿Y por qué precisamente a ellos?
Cuando notó que Adrián ya de 4 años no avanzaba en su desarrollo motriz, pues tenía poca movilidad por estar encariñado en el seno profundo del hogar, según su propia conjetura, el padre listo se dispuso a enseñarle lo que sabía y lo llevaría a los sitios donde aprendiera desde la primera edad, aun sin leer ni escribir.
Pero los niños de sus amigos ya le llevaban la delantera, se había dormido en sus laureles, por eso fue que comenzó una mañana cualquiera, con toda la pasión que el alma le daba, a enseñarle los principales pasos para que su hijo fuera el mejor hijo, el mejor niño y ¿por qué no? el mejor hombre que haya existido sobre la tierra; sí se podía, todo se puede cuando se quiere. Era uno de sus lemas favoritos, de los muchos que se dijo Pedro desde que vio a su hijo.
Conforme pasó el tiempo, Adrián comenzó a acatar todo lo que su padre le daba y le ofrecía como enseñanza, para que fuese el ejemplo de la familia.
Pero Adrián era torpe para el ejercicio y para las actividades de coordinación motora que el esfuerzo deportivo exige.
De modo que cuando Pedro le lanzaba el balón para que lo pateara, Adrián simplemente no le daba, abanicaba en el aire ante la desesperación de su padre. El mismo Adrián cuando arrojaba la pelota hacía arriba no era capaz de capearla sino que le golpeaba en la cara. Enojado, Pedro pateó la pelota y le dio en el cuerpo al niño Adrián de apenas cinco años.
El niño creyó que era un juego y trató de patear la pelota, endurecida en sus pies para ese entonces, y se le enredó en las piernas, como una abeja que se enreda en el pelo, y cayó al suelo.
El padre enojado dio la vuelta y lo dejó solo en aquel enorme campo, que no era más que un terreno baldío que estaba enfrente de su casa.
Al poco rato el padre reflexionó y pensó en renovar la estrategia para que su hijo fuese el enorme personaje que había soñado. Y pasó otro año. Tratando de construir, ahora que todavía era tiempo, al mejor jugador, al más hábil centro delantero que haya dado la patria.
En la escuela ocurría lo mismo, nomás no rendía, a los ojos de su padre, claro; incluso un profesor amigo se ofreció para darle clases de aritmética a Adrián, que nunca compendió, en una banca de la plaza sacando la raíz cuadrada a los árboles de la infancia.
Adrián terminaba como siempre solitario en aquel terreno que ya había reconocido, sabía dónde había un hormiguero y dónde sólo era un pozo con el que las hormigas engañan al enemigo.
Sabía dónde sacar coquenas de los pequeños voladeros del polvo suelto, dónde había cadillos y cómo soportarlos sin mucho esfuerzo cuando, luego de rebasar sus pantalones zancones, se le encajaban en la pierna y le sacaban sangre.
Cuando le compraron zapatos, Adrián, ya de siete años, pensaba que su padre le cobraba los zapatos de cierta manera, que debía tomar lecciones, dar pruebas de su existencia, ganarse el cariño de Pedro al que sentía alejarse y por tiempo retirarse del hogar… y se sentía culpable. Cosa que se incrementaba ante la indiferencia de su madre, pues Clementina pensaba que si Adrián no desarrollaba, Pedro terminaría por irse para siempre.
Poco pudo hacer Adrián hasta los diez años y los once, para colmo su forma de hablar no se había completado, ante las burlas constantes y tenaces de sus compañeros de quinto año.
La lucha que Adrián liberaba por dentro nadie la podía imaginar, era una batalla de titanes entre el ser y el no ser. La original forma en que un hombre se siente solo, en que no está solo con nadie, ni consigo mismo.
Pedro terminó por abandonar a Clementina, pero Adrián se refugió en un libro, un libro muy viejo con pastas raídas por los animales del tiempo. Lo había visto muchas veces y le llamaba poderosamente la atención, pues lo veía solitario, abandonado en un espacio reducido de lo que quedó de un mueble esquinero.
El libro se llamaba “Cielo, Tierra y mar” de Valentín Orozco, había sido libro de texto de su abuelo, según supo años después.
Ya, frente a una multitud que lo aclamaba, Adrián levantó el libro y recordó a su padre. La historia del libro hablaba de un viaje de niños triunfadores en la escuela, muy distantes de lo que había sido él, premiados por haber obtenido el primer lugar en aprovechamiento, iban al otro lado del mundo, pero un accidente de avión los hace caer en una isla en medio del océano. Y esa lección nunca la olvidó.
Esa había sido la vida de Adrián, hasta el momento en que encontró el libro y pasaron los años y los libros. Y sin querer comenzó a decir las palabras como se le venían al cuerpo, como se le derretían en el alma y salían espavoridas buscando compañía.
Ahora Adrián, de 27 años, por fin estaba de nuevo donde quería. Conocía el terreno, el sitio predilecto de las hormigas, los lugares donde los cadillos no pican sino que se doblan, se comen, se ruñen, se aplastan.
Entre el público Adrián vio a su padre o creyó verlo, con su barba recortada y entrado en canas. Notó su mirada, sintió su voz que le revotaba en el cerebro como una pelota que le golpeaba el cuerpo, pero el cuerpo ya no pateó la pelota, ni la capeó, ni cayó al suelo.
Luego Pedro salió del auditorio, se fue como siempre, no se quedó a escuchar las hermosas palabras que su hijo Adrián le dedicó al valor del esfuerzo propio.
HASTA LA PRÓXIMA.







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