Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Les decía que cuando salí a la puerta, de esas veces que sales y no sabes para qué, aun cuando te ha pasado que sales nada más a echarlo todo a perder y luego te digas, nombre, me hubiera quedado en la casa. En este caso no había que echar a perder apenas en la puerta, si acaso el excelente día, la mirada podrida en caso de que pasara una muchacha, eso les digo, pero a veces no hallo que hacer cuando pasa. O más bien sí sé: no hago nada. Y salí.
Y cuando ya me iba a meter escuché que alguien me hablaba, ¿no será mi otro yo?, me pregunté y es que tengo otro yo con el que hablo muy seguido, pero ya en serio de para platicar así como que me hable y yo le conteste y todos escuchen, como para decir que estoy loco, nunca lo hice. Y si no era mi otro yo ¿entonces quien sería? Le pregunté a mi otro yo así de simple como si de veras me contestara: y no contestó.
Fue cuando voltee para los lados hasta que atrás de la barda que estoy trabajando, que lo voy viendo, era mi vecino. Ja. Su rostro apenas asomaba los ojos por encima de la barda pero desde ahí se podía apreciar que era regordete y que tenía un lunar en la acara, inconfundible. Era mi vecino.
-Oiga señor Rigo, me dijo, como si no lo hubiera escuchado.
-Qué hay vecino, le dije como diciéndole qué hay carnal, ya deja de decirme señor, me late que eres mayor que yo, pero eso último no se lo dije. Simplemente porque no me dio la gana.
-Nada vecino, ¿desde cuándo tiene un camaleón?, está chido -me dijo.
Ah cabrón, pensé por dentro, no tan adentro que casi él mismo, que no estaba tan lejos escuchaba, hasta pensé que se lo había dicho o lo ha de haber adivinado en mi cara.
-No vecino, yo nunca he tenido un camaleón, le dije.
Y era cierto. Los había visto en el zoológico hacía muchos años, no recuerdo cuantos…ha sí, recordé, vi uno alguna vez en… pero debió ser una iguana.
-Nombre vecino usted anda alucinando bien gacho, de cuál fumo amigo- le referí.
– Y luego esa que está ahí qué es – me dijo, apuntando con su dedo regordete por encima de su cabeza pero sin moverse.
Yo vi el dedo y me aseguré de dirigir la mirada a donde él apuntaba y no vi nada.
-Ahí está mírelo- me repitió alzando la voz que pasó por encima de la barda y retachó en la otra barda que da a la calle y salió al paso de la gente que pasaba.
Entonces lo vi. Ahí estaba mirándome a los ojos. Un enorme camaleón que para mí era un lagarto, un cocodrilo, que no. Medía algunos 50 centímetros de la cabeza a la cola escabrosa que cambiaba de color, y se dejaba ver para luego confundirse con el verde que el resto del cuerpo asumía muy bien sobre la hoja verde.
No se movía. Me moví para correr o para acercarme, pues en ese rato era lo mismo. Les tengo chingos de miedo. Pero viendo al vecino acercarse un poco, claro siempre atrás de la barda que estoy trabajando. Tuve que aclárame que el dicho dice “atrás de la raya que estoy trabajando”, pero ya qué, ya lo había pensado.
Así que con esa imagen me fui a dormir, con el camaleón mirándome la cara de espanto y yo viéndolo a él, igual de asustado. Sin moverse todavía.
Esa noche soñé al camaleón, ahora de grandes dimensiones arrojando fuego como un dragón por el hocico enorme y humo por las narices y estaba quemando el pueblo, la gente corría asustada. Ante la confusión de los soldados que no se daban abasto arrojándole granadas. Pero cuando comenzaron caer los unicornios blancos del sueño y chamuscarse hasta volverse negros para cobrar venganza, me dije, nombre, iba bien el sueño hasta que tenían que salir estos otros sueños que ni quien les crea, de modo que saqué el hacha que suelo sacar en otros sueños y comencé a exterminar primero a los unicornios, y ya solos él camaleón y yo, se transfiguraba en dragón y parecía ya una escena del DragonBall Z, ya ve usted como son los sueños, y ya ni quise acordarme de nada o simplemente olvidé las partituras de la canción que le canté para que se durmiera y yo despertara, y desperté de aquel extraño sueño.
Así que me levanté, pero no vi el camaleón. Y esperé al vecino a que pasara con el garrafón de agua en el hombro y cuando pasó lo detuve ahí, en la privada, atrás de la barda que estoy trabajando y le dije:
-Oiga vecino, ¿y el camaleón?
-¿Cuál camaleón?- Me recetó con esa otra pregunta.
– Espérese vecino, ayer vimos un camaleón.
Fue cuando entre burlas me preguntó:
-¿De qué tamaño?
-Pues como de medio metro.
-No. De qué tamaño fue el churro que se fumó vecino, yo no vi nada, es más ayer ni salí, fui a visitar una carnala.
-No mames vecino- le dije ya en confianza, aunque el vecino es muy serio aceptó la palabra como si nada.
Se notaba a leguas que el vecino no se preocupaba por mis jaladas, como quiera me dejó dicho:
-Nombre vecino no ande haciendo eso, un día va a alucinarse y nos va a ejecutar bien garra.
– No mi amigo, es usted al que se le van las cabras-, le dije ya un poco molesto. -Ahí, en ese sitio estaba un camaleón, no me lo vaya a negar ahora por favor.
Yo ya había pensado en hacer negocio con el camaleón, dicen que se pagan bien, o lo llevaría al zoológico cubriéndome de gloria y tal vez saliera en algún noticiero local con el encabezado “vecino de la ciudad encuentra un enorme camaleón y en lugar de hacer negocio o volverlo chicharrones lo regala”. Pero nada.
Yo me quedé con la ganas de una amplia venganza, y sí, pudo ser una lagaña atravesada la que vi, ya ve usted cómo anda uno cuando apenas se levanta, viendo visiones y todavía con el sueño en el alma, ¿y qué tal si lo soñé?, nombre eso queda en los cuentos chafas, a lo mejor estoy soñando y cuando me duerma la guerra continúa y debo buscar el hacha, quién sabe.
Por lo pronto aquí estoy de nuevo espiando al vecino para decirle que ya vendí el camaleón y no pasa, pinche vecino. No pasa. Ha de estar esperando que despierte de este sueño o del otro, pero si no viene me voy a comer yo solo el camaleón, dicen que sabe a pollo, qué sé yo.
La conclusión es que tanto mi vecino como yo desde entonces nos hemos vuelto bien mentirosos, él dice que ya lo éramos desde antes.
Así como para terminar este relato me cercioré de estar despierto y escribirles esto, ojalá ustedes tampoco despierten y se quedan en este sueño sin camaleón y sin exterminadores de fuego. Sin hacha, no hay soldados que puedan con ellos, ni hombres de negro, ni defensores de otra galaxia.
Y si a usted se le ocurre algo mejor haga que el camaleón se aparezca y comience a soñar, de perdido ahí puede sacar un hacha de atrás de la oreja, más que nada.
Para calmar la cosa la última vez que vi al vecino le aclaré:
-Ya ves vecino, lo qué provocas, aquella vez me dijiste que había un camaleón, me cae de veras no vi nada.
Le había dicho que sí, nomás por llevarla, pero el sueño fue cierto y desde entonces ambos, el vecino y yo, nos espiamos mutuamente.
Yo espiando la hora que pase con el garrafón y desde le hoja de plátano para asustarlo con mi llama de fuego y echando humo por las narices.
Fue cuando vi que pasaron los soldados… y apagué la bacha.







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