Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Desde que fui uno de ellos, me reconozco entre los nuevos amigos. Muchas veces los nuevos amigos no son de ninguna manera bienvenidos.
Pasa el tiempo y nunca lo fueron.
Cundo llego a la cancha hablan entre ellos, se ponen de acuerdo. Soy uno de ese grupo pero no tanto, algo así tan lejos como el no haberle salvado la vida a uno de ellos o haberlo procreado.
El nuevo llega al barrio y pregunta dónde es la tienda y nadie quiere decirle hasta que sale el traidor de siempre y sabe no pasará nada, “ahí en la esquina” le apunta con el dedo y el nuevo en el barrio obedece a fe ciega. Además buscan el dato si por ahí de casualidad el nuevo no trae una hermana, una prima, algo que se le parezca.
Al otro día todos en el barrio saben quién fue el traidor. Al nuevo lo aborrecen como siempre a muerte y esperan a que salga, lo espían, pasan por su casa. Hasta que ciertamente uno descubre que tiene dos bicicletas.
En los barrios hay gente que siempre fueron los nuevos y así se hicieron viejos, como en el PRI, de pronto hay muchos viejos. Los vieron salir en bicicleta de las privadas y ahí salen de nuevo cada mañana.
Cuando hay un nuevo en el salón, hasta el más pendejo exige derecho de piso o de antigüedad en el caso de los más pendejos. Para todo caso el ejercicio de ley concertaba el único artículo por ley que todo le tocaba hacer al nuevo. En lo que no llegaba otro nuevo, o no llegaba. Uno qué sabe.
El nuevo es visto de pies a cabeza. Se le mide con una cinta, mides el peso y el tamaño de cabrón que bien podría llegar a ser tu enemigo, en todo caso de ser tu cuate, créanmelo concibo que es lo mismo. Un nuevo tendrá que sacudirse el viejo estigma y no lo hace.
Uno es nuevo en donde pisa, donde eriza con su primera palabra, en el jardín de niños al caer de cabeza, en el hospital infantil uno es nuevo, en cada palabra pronunciada a los expertos uno es nuevo, en cada terror de palabras encontradas en dos renglones uno es nuevo.
Al nuevo hay que criticarle las botas y el cinto piteado, no se vaya a sentir. En el terreno de juego el nuevo muestra su fortaleza, el resultado de la incertidumbre te sorprende con un golpe al estómago, y un inevitable gol cae de repente, mientras alguien que mandó el centro desde el borde del área sale de la cancha a festejar.
Dejas de ser nuevo y sientes el fuerte golpe del anonimato. Pocos se fijan en ti, si te andas los tachones de esta o de la otra manera. Tampoco si escribes con la zurda pero pateas más con la derecha. Lo dan por un hecho. Y nadie se quiere sentir ese perro marginal que recorre los bulevares por un pedazo de pan, de ninguna manera.
Brevemente el nuevo recibe la oportunidad de hablar, dirigirse en dos palabras de agradecimiento. Y todos aplauden. No alcanzó a decir nada más. La gente había comenzado a salir por las enormes puertas laterales y vaciaron el huacal en un santiamén. El nuevo supo que tendría que irse a pie mientras oscurecía como siempre.
HASTA LA PRÓXIMA.






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