Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- La calle es como un perro herido aullando lastimeramente en la noche. Es un jueves a las 19:00horas, dijo el reloj sin decirlo desde su cómoda estancia de gaviota sin playa.
La cámara rota del tiempo no tomó la fotografía vieja de la tarde y ahora en ese mutismo cruel que es la oscuridad. El perro camina lacerado rumbo a su libertad. Es cierto que el dolor libera, pero había otras formas más misericordiosas de irse para siempre.
Tras la noche llegaron los perseguidos fantasmas huyendo de los niños asustados, de los encuentros furtivos en los tejados, en la miradilla del perezoso que de tanto ver te figuró en un espejo arretacado de vida.
En toda la ciudad hay más tipos de sueños que en toda Europa, o más que el montón de basura, la isla de “Pet” en medio del océano.
Una columna de pesadillas se amontona junto a una reina que se ríe a carcajadas de los guardias en el castillo de arena de tu infancia, de no nacido todavía en la otra vida. Pero este es un campamento temporal y con el paso de las horas el comportamiento de las hormigas cambia por ejemplo y barren el suelo.
Los sueños, inflan burbujas para proteger a sus asesinos, pero no hay escapatoria, las criaturas están enganchadas en una relación con el alma y la usan para elaborar su historia de histerias y vidas podridas y desparecidas, soterradas en fosas de fuego.
De ese modo el perro herido ve la calle cruzar ante sus ojos y son peligrosas las veces cerca de las piedras en los solares baldíos donde viven los escarabajos en su amazonia de olvido.
La vida es caucho, látex pegajoso, turbio como la noche y entonces despertamos a esa otra realidad que no entendemos, no convertimos en esa otra metrópolis para subir más alto, ir más lejos, llevarnos la luz roja del semáforo intermitente en el cerebro.
Incluso hay un teatro al aire libre en el crucero donde un agente dirige el paso de la gente, de los vasos rodando por el anochecido pavimento en que tienen lugar los accidentes, los escabrosos encuentros de una pareja de enamorados, la lucha a muerte por prevalecer uno sobre el otro.
Entonces la noche llega como un balazo en el silencio intacto y el perro cae dormido, no ha sido esta vez para él el disparo del rayo que dio en su cara, y comienzan a salir patrullas verdes, grises y negras como la noche, usted ya sabe. El perro lo sabe, pero luce inconsciente, la muerte le sabe pero no es a él esta vez ni fue la otra muerte de él.
En cada pared escurrida de humus en su trono de agua, en su remolino de viento, la noche luce su avatar de lluvia. El dolor se esparce y comienza de nuevo en el perro que pasa la calle y voltea a ver su pasado de noche, de lúgubre residencia.
Entonces el hombre que escribe la historia lo hace real, sin querer… y se saca la bala, se retuerce el cabello, lo sujeta fuertemente, antes de salir a la calle…así: dormido. Con el fuego por dentro.
HASTA LA PRÓXIMA.






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