Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El tiempo se volvió pregunta. El tiempo aquí es infinito. El tiempo en un agujero negro es igual a cero. El tiempo es una ilusión sensual del cuerpo en movimiento, la estática detiene la fantasía del cuento que es el tiempo.
El tiempo es el embudo de agua en una noche de los sumerios, en el día es una vara que raya en el suelo la voz del sol que pasa rosando la tierra. Qué farsa, permitir que el astro rey nos gobierne de nuevo.
¿Qué es el tiempo, siendo serios?
Las estrellas son agujeros negros que se funden, el tiempo como no es no las alcanza, la tierra es una porción de una gran estrella que brilla a lo lejos donde no la vemos.
Dios está viendo por un gran agujero. El ojo es el ojo con que lo vemos, la luz es el espectáculo donde actuamos en la opera prima cuyo guión desconocemos.
Llevados así, arrastrados sin cuerpo, la hazaña cruza la velocidad de sonido y vuelve a su sitio sin que nos percatemos.
Nos hemos movido sin movernos, hemos muerto desde que hemos nacido. A la vez somos una ilusión de tiempo. Una pasión particular que concluye y complementa el fin y el principio infinito del cosmos.
No podremos regresar el tiempo porque siempre ha estado aquí, nonos podemos ir de donde siempre hemos estado. La noche que es día al mismo tiempo, tiene la variedad de la luz en una persiana del cielo.
No nos alcanza la vista para vernos, apenas distinguimos unos cuantos objetos, no muchos, el resto de objetos, si es que los podemos llamar así, están por todas partes esperando que alguien los ocupe.
Con los dedos cambiamos las manecillas de un reloj de cuerda. Elemental no saber la hora que no es la misma en el reloj atómico de Minnesota.
El tiempo no está en los relojes, viejos simuladores, contestatarios de las entradas a una maquiladora. El tiempo sirvió antes que eso para juntar al mundo de una campanada en una plaza del medioevo.
Lo que llamamos tiempo es el modelo del universo en una vasija vacía que se llena con el espacio de partículas. Al desbordarse se acaba. La única hora es esta, la que pasó y es. La que tocamos en otras manos.
El tiempo es una vez la palabra dicha entre los labios que se besan, o una sola mano que se rasca la cabeza, el león que salta sobre un gramo de polen. La risa siniestra de una vaca, el olfato demoledor de una flor en un plato.
El tiempo es inacabado surrealista, cojo, henchido adolorido, es una provocación sin agua, sin sol, es la oscuridad escuchando el latido del agua en una clepsidra, siempre circular como los ojos, el tiempo es una manzana podrida que nos comemos, antes de que alguien diga que no existe, antes de desaparecer para siempre del edén.
La historia del tiempo es más bien la historia del hombre en lo que es leída, en lo que se recuerda, en lo que se mira la vida, en lo que una abeja milenaria trasgrede la flor que, no siendo la misma flor, cada vez es la misma.
HASTA LA PRÓXIMA.






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