Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El día acaba de dejarme en la esquina. El alma, arrojada, escribe que existe. Eso yo lo sabía. Lo supe con arrogancia.
He revisado mi trabajo escrito en las paredes momentos antes de un instante en que algo como una letra comience su instalación de juegos y sorteos. El alma existe sin necesidad de nosotros, espurios y mortales.
Al parecer las miradas por encima de los grandes edificios herían a las palomas que volteaban a vernos. En una multitud se juzga lo que se abandonó por estar ahí, así que volvían, daban un rodeo a una plaza pequeña y volvían. Las palomas tienen esa mirada de reojo que tenemos nosotros. Si te volteas, te miran.
En igualdad de circunstancias el sol sostiene su último encentro de espadas y estanques con las sombras. A dos pasos de la esquina contengo la importancia de mi nombre y me suscribo en el anonimato entre la corriente de los grandes grupos humanos.
Aparte, el carril que avanza lento entre el río de gente te recuerda a otras ciudades y las preguntas son muy clásicas, las respuestas ya se las sabe tu mente. ¿Cuánto tempo habrá pasado?
El tiempo relativo comienza si estricto apego al cariño. En las paredes, luego de que cae la noche y pasan los días, aparece el misterio de la vida. La calle es la misma, salvo algunas construcciones.
Déjame ver. Podría ayudar la grieta de fuego que se cita en el paraíso. Te sabría ubicar según lo que cada uno posea. Parra dormir me acerco al tren que me reencarna, voy por todas partes a casa. Podría servir para saber de qué trata la vida el querer vivirla.
Muchas palomas llevan el alma de nosotros cuando las vemos con nostalgia. El alma, en el instante en que se vuelve momento. Las palomas no existen, son ilusiones visuales, son almas que vuelan.
Lo que veo al ver de frente al sol que me encandila, es poca resistencia. El día es una retahíla de palabras reunidas por la tarde, mintiéndose.
Antes de correr para llegar lo más pronto posible a casa, el alma te abandona, a unos cuantos pasos, en esta misma cuadra, junto a una ventana, se deja de ver. Y escribe. Y escribes con el alma o no tienes nada que ofrecer.
Se escribe con el alma y el alma son los ojos que vieron, que siguen viendo el día «d». Los sonidos que se quedaron a oír y no olvidaron aquel corazón. La piel que resbala en otra piel, le electricidad, el ligero temblor del amor.
El día deja de existir y la gente busca su refugio ancestral. Se van cayendo las cortinas, se doblan algunas praderas de sombras, el redil de la calle es un amplio corredor de soledades. El alma deja de escribir ¿Para qué escribir lo que es tan evidente?
HASTA LA PRÓXIMA.






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