Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- “Estación Victoria”. Se leía en un letrero y en otro. ¡Cuidado con las puertas!, dijo alguien por el alta voz antes de detenerse, de escuchar el rechinido de los fierros resistiéndose a la orden crepuscular del operador del tren. Hemos llegado.
Y no, no fue una ataque terrorista, así quedó la ciudad luego de años. Será el sereno, pero los años no hacen esto por sí mismos, dijo la gente por sus adentros, como diría un honorable ciudadano que recoge un Pet del suelo y guarda una bolsa de nilón en otra bolsa de polietileno.
Al bajar los ojos iban tomando nota de la ciudad aquella, donde pernoctaríamos el resto de nuestros días. El combustible agotado y el tren no soportan el vapor ni la leña ni el diesel alterado ni el empuje de otra fuerza política que viniese a remover la mollera de infelices. Había la obligación de quedarnos a un costado del retorcido fierro varado en sus brazos oxidados.
Las calles habían perdido su sentido horizontal y se pudrían de repente en pequeños pozos y luces que se iban al fondo a conocer la oscuridad por ellos tan temida, el inframundo, la ponzoña maldita del hombre.
Técnicamente una cosa lleva a la otra y a donde fueres has lo que vieres, así que nos pertrechamos tal y como nos dijeron los primeros cristianos que nos encontramos, al menos hablaban nuestro idioma, tal como los dejamos cuando nos fuimos, si es que habíamos estado en alguno otro sueño con ellos.
“Entonces vamos”, dijo alguien de pronto, ese alguien extremadamente delgado, que denotaba a leguas su necesidad de afecto, de pan, de lucha con el cuerpo a cuerpo de antro, de esqueleto, donde duele tener algo, aunque sea solo hambre.
Había entonces que andar a ojo libre como la mujer que ejerce de cantante, como el hombre que vende botellas vacías en las roquetas, en la fe del pueblo, en la confusión de la gente. Son para pescar decía, en un viejo truco escueto, una alegoría de río cercano desbocando al océano de tierra y solares baldíos, tierra de nadie, de testaferros huyéndole al verano.
Yo sé a qué se refería aquel pescador de pueblo. Y fuimos al paso a buscar el sustento con el caballero que soltó las amarras del tren y dijo chingue su madre yo voy también.
Una ciudad como esta es para ciudadanos comunes y corrientes que accidentalmente tuvieron mala suerte y buscan no solo comer y dormir tranquilos sino dónde esconderse.
Como en Comala, vine a Victoria porque me dijeron que acá vivían mis sueños, pues nunca creí que fuesen ciertos. Unos padres rencorosos habían quebrado vidrios de negocios propios y ajenos, perdieron la razón, arrancaron los llantos de la sangre, dejaron las calles quebradas de silencio, descompusieron los relojes, detuvieron el tiempo para seguir gobernando.
Vine porque me dijeron que encontraría algún registro de mi lobo estepario, mi locura perdida en la calle Hidalgo mirando siempre los aparadores reales, los sabios y definitivos encuentros, los desencuentros con esta realidad que sólo los visitantes vemos cuando llegamos. Hasta que alguien nos muerde… y nos volvemos uno de ellos… y nos quedamos.
HASTA LA PRÓXIMA.






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