Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- No tengo idea de la ocasión en que vi por primera vez un libro. Debió ser un encuentro como cualquiera otro. Tal vez un divertimiento de niño que juega con ese objeto de hojas pegadas y rectangulares. Tal vez lo vi prohibido en algunas de las salas o salones, en un consultorio, en la casa de uno de los familiares.
No lo recuerdo. Uno sabe lo que es un libro cuando sabes leerlo. Cuando aprendes a leer y hojeas y repasas sus palabras de cabo a rabo y no entiendes nada.
Uno sabe lo que es un libro cuando lo sueltas ya envejecido y roto, ajado por miles de dedos, desquebrajado por dentro en historias como hilachas de cielo.
Las palabras no importan a nadie cuando van en el aire. Importan en este documento o libelo que va o lo llevan a otras partes y recorre los pueblos. Tal vez no quiso decir nada, tal vez el autor no diga nada. Siempre ocurre. Lo sé ahora que los quiero.
Un libro tiene las tareas más altas del ser humano. El de ilustrar y evitar que el hombre no sea un extraño para otro que le mira a la cara. Pero no es cierto. Hay libros que nos alejan para siempre. El libro no es nada sin nosotros, sin nuestro entusiasmo y las ganas de joder. Un libro nada es sin nuestras intenciones, sin nuestra libertad y en la cárcel de nuestros quehaceres.
Me gusta leer un libro en el puerto más cabrón de los amaneceres. En los nenúfares sueltos por el planeta ausente, en la reconciliación con la nada y el todo tocando la puerta, abriéndola a patadas. Nadie escucha. Están poseyendo por dentro nuestras mentiras, los despotriques, los alaridos de perro herido al leernos en las manos. Eso es un libro.
Lo amaso, el libro, lo voy moldeando con la palma, con las ramas, lo aplaudo, lo aplasto y lo vierto en un vaso, una copa de licor amargo. Los libros se cuecen al primer hervor de los sueños, se tejen en el nido de las arañas escondidas del invierno. Es el libro un abrevadero, sin sol, sin guato, sin alma, sin nosotros.
Amaso el libro y lo leo al revés y por el centro. Centro su palabra reventando el almuerzo, destacando un verbo. Un libro abierto es un presentimiento, una palabra de mujer en el cuarto. La vida es el libro encajado en las razones, en la motivación, en la escuela de la vida, en los triunfos festejados en la soledad de una terraza, en la brida, en la breve cocina.
Hojeas el libro y encubres las palabras disparejas, separadas, destinadas al ostracismo de otras, a depender del contexto rival a donde van las demás. Al escarnio tímido de un lector adolescente y otro que nunca leyó nada.
Cada letra se mete en el cerebro en su danza de locos, van desfilando por la orilla del cuerpo y encuentran entre todas una palabra, un inicio, un algo que les dé un verso. Un regalo para la mujer, para el caparazón de un silencio. Para la noche infinita que va depredando al tiempo.
Uno ojea el libro y lo aprende de memoria así, contumazmente, uno sabe lo que dice; pero es el color, los nervios del autor, lo que lo entrega, se lee lo que no dice. Un autor puede dormir en su libro y morderlo. Saber en su corazón en qué sitio, en qué lugar preciso quemarlo, echarlo andar al diablo, dejar que se largue el miedo, el cruel desprendimiento, la acechanza y el descontrol de los verbos. Uno recorre los libros y se vuele ellos para siempre. No hay salida que satisfaga más que un libro en medio de una cama, una taza de café, un abrevadero en la amalgama de una mujer.
HASTA LA PRÓXIMA







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