Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Desde temprano el pinche perro del vecino se levantó a buscarle 3 pies al gato. Desde el epigrama de mis ojos borrosos, cuando lo vi salir me dio miedo, pero luego de un rato cuando quiso correr me dio lástima.
Es una especie de humano el pinche perro. Miedoso, zacatón, pero aprovechado, a ver a qué horas paga todo lo que ha hecho. Se parece al ser humano.
Me cagan esos perros porque se andan miando donde quiera, uno ya tiene sus lugares donde disque marcar el árido territorio, que al fin y al cabo no es de uno. Pero estos perros se andan miando donde uno y eso sí que no se vale.
Ignoro si desde donde él va corriendo piense lo mismo que yo o tal vez diga cosas peores, pensándolas para sí, midiéndose creyéndosela, hay güeyes que se masturban así, creyéndose superiores, cuando es bien sabido en el mundo de los perros que aquí la neta es que todos somos iguales, les voy a decir por qué.
Ya en una trifulca se comienza a notar la levedad del perro que se cree superior, y siempre tiene sus justificaciones: traga mejor que nosotros los callejeros y claro que recibe más atenciones de sus propietarios. Pero un beso de su dueña amorosa y traicionera en el hocico baboso, no los salva.
Y es que en el perro podrá haber sentimientos, comprensión y hasta afecto, pero no hay diálogo, de tal suerte que cuando ya es carrilla y ojeriza, o le corres o le entras a los chingazos. Hay de los dos bandos, los culos y los parejos, los desconocidos y los hermanos, los que te echan la pata para que caigas más pronto y los que te levantan para que te sigan madreando.
A la hora de la revuelta en una conflagración matutina hasta los perros más chiquillos muerden, después de panochear un rato y darse cuenta que los que se están peleando son puros cabrones.
Desde hace rato espío al perro del vecino. Espero que salga temprano, me escondo para seguirlo. Trato de que no me huela, me voy por donde hay plantas de albahaca, me asomo de vez en cuando a su fundillo desportillado, parece que no saldrá hoy, está de suerte. El bato.
No es envidia. Sus dueños tienen buen coche y yo ni dueño tengo, tampoco lo ando buscando, con hambre y todo prefiero mi libertad sagrada para andar donde ando: en ninguna parte. Así me la voy pasando.
Me asomo de nuevo y ahí está el perro del vecino. Viendo para todos lados no me ha visto el fulano. Me acerco pegado a la barda y huelo su incertidumbre de pulga, su encajosa garrapata rebelde que entra y sale por su sangre. Si me ve culea y se mete, mejor espero y que salga a media cuadra, que sea un perro de dueño que se respete.
Una cosa es su casa y otra es la calle, una cosa es el poder que tiene con el dinero y otro es uno que se agazapa y desde ahí organiza una emboscada, como un pueblo rebelde.
Con tanto, el perro sale y empieza a cruzar la calle llena de baches y salta para caer al otro lado del charco y ve el poste inmaculado, donde ni yo mismo me he orinado.
Me asomo de nuevo, para ver si no viene otro perro, un carro que me atropelle o lo que sea que venga, y voy y lo ataco…perdón, me equivoqué, creí morder al perro, pero chingué al dueño, en una ciudad como esta, casi es lo mismo.
HASTA LA PRÓXIMA.







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