Por Pegaso
Reynosa, Tamaulipas.- Andaba yo volando sobre el cálido cielo de Reynosa… Reynosa es un pueblecito con crepúsculos arrebolados que… (Nota de la Redacción: A Pegaso ya le volvió a salir el Síndrome de Jaimito el Cartero; favor de pasar al siguiente párrafo).
Veía yo en la pantalla plana idiota cómo se están haciendo los preparativos para lo que se ha llamado La Boda del Siglo XXI, entre el príncipe Harry, hijo de la fallecida Lady Di y la plebeya Megan Markle.
Parece que se está convirtiendo en moda que los hijos herederos de las coronas europeas se lancen por el mundo a buscar consorte entre la gente común y corriente.
Tal como ocurre en la película Un Príncipe en Nueva York, protagonizada por Eddie Murphy. El heredero del reino de Zamunda no está contento con la idea de enlazarse con una joven de la realeza, así que decide irse a vivir al Bronx de Nueva Yord, donde conoce a la hija de un empresario de comida rápida. Ahí se enamora y la plebeya cumple el sueño de toda chica casadera: Desposarse con el príncipe azul, vivir una vida de ensueño y ser felices para siempre.
Pero ese sueño romántico que desde muy pequeñas se ha transmitido entre las mujeres de generación en generación, mediante los cuentos de hadas, contrasta con la brutal realidad.
Los reyes actuales cuentan con riquezas inimaginables producto de la explotación de su propio pueblo que hacían sus venerables ancestros, así como de los países que lograban conquistar.
En México, por ejemplo, la corona española provocó el más infame saqueo. Se llevaron todo el oro que encontraron para que los reyes Católicos siguieran dándose la gran vida de lujo y derroche.
Había un derecho divino que todo monarca tenía. Cada mujer que se iba a casar, primero tenía que pasar por las armas del rey. Se le llamaba derecho de pernada. La plebeya que se sometía a esa experiencia debía sentirse agradecida, y el cornudo marido, satisfecho de que el tirano hubiera estrenado a su mujercita antes que él. Y pobre si se rebelaba. Le iba peor que si le hubiera mentado la mamá a algún capo mañoso.
Así pues, los reyes, príncipes y nobles que hoy son noticia en las revistas del corazón y en los pasquines amarillistas son herederos de tan nobles y altas costumbres, amén de las inmensas fortunas que poseen.
Hoy la mitad del mundo espera con ansias ver por televisión cómo el príncipe Harry le da el sí a la afroamericana-mestiza plebeya.
«¡Príncipe mis evos!»,-como diría Igor, el disléxico personaje de los Mascabrother.
Tan humanos son ellos como nosotros. Van al baño y hacen lo mismo, mueren y se los comen los gusanos…
Hoy los miembros de la realiza están convertidos en payasos de circo que no sirven más que para entretener al proletariado. La noticia más relevante en los tabloides amarillistas es cuando se le ven los calzones a la princesa Letizia, o que el aire le tumbó el horripilante sombrero a la reina de Inglaterra, o que al príncipe de Mónaco se le salió un pedo, o que el príncipe Harry se fue a Zimbawe para tomarse la foto con una bola de negritos flacuchos y zarrapastrosos…
Por hoy nos quedamos con el refrán estilo Pegaso que dice: «Durante todo el tiempo me he constituido como el monarca, el monarca de un millar de ornamentos de la testa». (Siempre he sido el rey, el rey de mil coronas).





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