Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Luego de los discursos de las campañas políticas siguen los hechos, pero para eso hay mucho trecho. Es cierto. En la vereda por donde se encaminan los buenos propósitos ocurren otros hechos, distintos a los primeros. No obstante y a pesar de ellos, hay quienes al final de cuentas cumplen cabalmente con lo que prometen. Qué bueno.
Los demás se irán al cesto de basura donde hay un buen cúmulo de personajes que nos han robado esa parte de la nación que es la administración pública.
El avasallaje es pues una cultura del poder. Cuando se gana se agrupa la mafia y es difícil que afuera de ella alguien distinto pueda acceder y tal vez ni opinar. Es casi natural.
Una vez en la cúpula, mantienen a una serie de incondicionales -en el congreso, sea en el país, o en los estados y hasta en el idílico cuerpo de regidores- a la medida del control que ellos soñaron. Pocas veces de ahí, alguien recuerda preguntarle al pueblo. El equilibrio es sano, pero tambalea al poder. Pues el poder no es recto.
En México, existe el mesianismo a flor de piel. Una pequeña llama lo enciende. Los políticos han sido endiosados. Las mujeres los miran como si fuesen verdaderos dioses y que con solo mirarlas obtendrán un algo que revitalice todas sus esperanzas y su fe en la vida. Y los deseos tal vez se logran. Con el puro entusiasmo se logra, con solo pensarlo, y lejos de los intereses de los diputados.
Pero por lo mismo, el mexicano no tiene la cultura de cuestionar al gobierno. Al menos no con la determinación y organización como se hace en otros países.
Tal vez cueste mucho como mexicanos levantar la cabeza luego de un siglo de agacharla.
Tal vez haya condiciones para que las cosas cambien en este país. La oportunidad ahí está. Falta volverla cotidiana y hacer de nuestras vidas esa lealtad hacia el progreso y el bienestar que el país pide a gritos.
Sin crueles amenazas, ni considerarse el gran caudillo, quien sea favorecido con el voto este 1 de julio no sólo lleva la consabida responsabilidad en sus hombros. Lleva también el peso de la contribución de un pueblo que le ha gritado un solo deseo, que su gobierno sea honesto.
La tentación ahí estará, como siempre, acechando al estadista o al simple delincuente. El estadista saldrá de entre la gente, pues la manifestación más puntual de la democracia es el sufragio efectivo.
Ojalá la gente vote libre. Ojalá que para estos momentos ya haya tomado una decisión en torno al candidato por el cual votarán, pues hoy es el último día de proselitismo político. Ojalá los haya convencido uno de ellos, que en el caso de los indecisos acudan a votar ese día y piensen en el futuro que quieren.
HASTA LA PRÓXIMA.





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