Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- La calle infructuosa, el turbio análisis de la mirada, el viento soplando en contra, el mesías vuelto de cabeza, rencores encontrados rodando sueltos por el pavimento.
La flores negras de la rotura del cielo, el momento inesperado aguardando la esquina, el animal terco, el soberbio rostro mirándonos la cara, retando al cuerpo demasiado tenso, demasiado absoluto para ser sincero y no eufemismo.
El hombre conquista sus sueños en el clima hostil, de otra forma no es su tiempo ni le toca. La adversidad te hace, te construye, la infelicidad es agarrar el toro por los cuernos y cambiar las cosas que vayan llegando a borbotones de ansiedad en las venas, reventado las quijadas, la misma palabra, el torpe acontecer de una ciudad. Pido por Dios y por mí.
Somos el verbo encaramado en los bordes, atascado en el lodo corrigiendo la suerte de perro, medrando el misterio, aprovechando el ego y las ganas de poder, el último instante que nos quede al final de la fila.
Se asume lo que se es, un pedazo de mundo inhabitable por otro pero muy cuestionable, muy arbitrariamente nadie. Somos las esferas flotando, pompas de jabón reventando en los huracanes. Somos la soledad ambulante, rincones de poesía efímera, odiada por la gente, quemada entre papeles de la suerte y las monedas temerosas que se reciben de alguien, que se dan por el miedo, en el tipo de cambio de un pájaro ajeno.
En todo el mundo estamos, ahora entramos a ese universo miligramo que formamos, nadie nos ve que vamos o que volvimos, nos hemos quedado simplemente, desacelerados, se ha iniciado una ronda de muerte en la que cada quien se va de repente.
Ha sido suficiente para generar nerviosismo entre oferentes que venden frutas por la tarde. La noche persigue una serpiente y se enreda en los muebles, se recalcitra adrede en el último tramo, en el gran último resquicio de las incertidumbres. Autopistas que lleva a las antigüedades, a las viejas reliquias del olvido.
Se han asociado en los jardines, brincaron las cercas cercanas y se vienen reptando entre la hierba, son búfalos de noche roncando, semejantes estupideces encontradas en el vuelo, entre los matorrales y las espinas las flores negras.
Son flores negras, rosas ajenas, encubiertas por un oscuro designio, son operadores, terrenos de alguien, condiciones inestables de las reservas del humus, corruptas flores, son las flores negras, nubes grises que se entintan en los cuadernos pautados de música de escarnio.
Flores negras en los valores de muerte, de terrible saber, conocimientos del profano, de inframundo en las áreas del creyente tapado, disparando al aire en la ciudad.
A las 6 de la tarde la flor oscura se asoma levemente, va penetrando en los espacios de las paredes viejas, se cobija con mi cuerpo derramado en los canales de afecto, destruyendo la voz, los oídos, los deseos de tocar cuerpos y amalgamar consensos.
Han sobrepasado los jardines y ahora están por todas partes, pequeños guanos pelándonos los dientes. Se han apoderado de nosotros atrapados en una circunferencia vencida y radical constantemente herida, imprevisibles y tercas.
HASTA LA PRÓXIMA.





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