Por Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Son los “quedados” en vacaciones, los que no salen, los que se quedaron por si alguien pregunta por ellos. Son los que andan como sueltos por la ciudad viendo para todas partes como si no la conocieran.
Aquí nacieron, pero salen a reconocerla de nuevo, a ver cómo se ve la ciudad cuando no pasan ellos al trabajo, sin los microbuses atestados, sin oferentes afuera de las escuelas, sin el aglutinamiento de usuarios en las esferas de las oficinas del gobierno.
Desde temprano, algunos jóvenes comienzan a desplazarse parsimoniosamente a los centros de recreo más conocidos en esta ciudad. No salieron por la situación económica, otros porque sus padres no les han permitido, la familia completa no viajó esta vez, pese a que en el tema de la violencia el gobierno se propone proveer seguridad a los ciudadanos.
Por lado y lado los niños y jóvenes son quienes más se divierten en vacaciones.
Miles de niños han salido de la escuela y ocupan los puestos distinguidos en la familia y en la ciudad que es suya. Son los huéspedes de honor y van descubriendo con sus pasos, patios y horas que no habían visto, en las que no habían perseguido a un perro.
En los vecindarios y donde se dan los juegos, que es casi en todas partes, hay niños reunidos con juguetes extraordinarios, con simulados ropajes de superhéroes o ídolos del futbol extranjero.
En el centro, los adultos que recién llegaron a visitar la capital, observan detenidamente, con la memoria, los viejos recuerdos: “en esta esquina estaba La Leona”, dicen, que era una tienda.
Desde los ejidos los rostros que vienen no son los mismos, ni se asombran, ni se cuidan, andan tranquilos por la ciudad que a veces se encumbra como una de las ciudades más peligrosas del mundo.
La gente, en el transcurso de esta época, aparece primero con sorpresa, sin saber qué hacer ante la concurrencia que habla de un crimen y sus consecuencias, luego se acostumbró a comentarlo y a callar cuando era necesario. Finalmente, el asunto del crimen organizado terminó por acostumbrar a la gente, a perder su capacidad de asombro y a pasar por un lado de estos hechos, lo más desapercibido que se pueda.
Una porción de la sociedad de consumo se han quedado a prestar servicios a quienes se han quedado por distintos quehaceres.
Sin embargo, hay quienes vinieron a visitar a sus familiares, son un reencuentro con su pasado y consigo mismos. Hablan de los viejos, de los que nacieron, de las ruinas que ya no existen, de los escombros que quedaron, de los silencios largos, muy largos, de aquellos que partieron.
Pocos son quienes acuden al panteón a visitar a sus familiares con motivo de las vacaciones, son gente que llega de afuera que aprovecha. La visita es solemne y despiadadamente atemporal, hablan de muchos años antes, junto a una hoguera, con todos los chiquillos todavía niños ya viejos ahora, viendo una fotografía muy antigua del difunto.
La gente visita las zonas turísticas y de recreación, fundamentalmente las que están a unos pasos, dentro de la ciudad misma.
El centro de la capital es socorrido por las tardes y los fines de semana con las manos en la bolsa. El sol armado de valor no da tregua a las personas que ya ni se quejan de la canícula, a unos cuantos días de estarla padeciendo. 40 grados, dice una señora, a la sombra.
En las plazas, con las piernas estiradas, están las personas que se ven cuando uno pasa, con sombrero que un día fue ejidatario, ahora limpia solares, hace un hueco en el camino, un espacio para respirar.
Tienen éxito los antojitos: gorditas, taquitos, flautas -que en la ciudad son de harina, o de arete, como dice la gente-. Ante el ahorro significativo por no salir de vacaciones mínimo unos tacos de barbacoa con el Dinky o donde digan los clientes, en un buen restaurante, que lucen siempre llenos en la capital, sean o no vacaciones.
En el balneario conocido como “Los Troncones”, al norte de la ciudad, es casi imposible hacer planes con mucha anticipación, sin pensarle hay que llegar a un sitio donde la gente se vuelca sin control, y, ante el amontonamiento de personas que ahí se dan cita, los victorenses comentan, con su buen sentido del humor, que de repente ya no se sabe si se bañan en el agua o en el propio sudor.
Lejos de las bromas y del agua que resulta seriamente insuficiente en esta temporada, el sitio es un lugar perfecto para el avistamiento de aves como la calandria, el ruiseñor y los gorriones eternos y atrevidos que comienzan a domesticarse en las casas de los ejidatarios aledaños, lejos de sus nidos.
Otros que se “quedaron” son los atletas, que corren todos los días. Es en este siglo cuando la ciudad se llenó de atletas, corredores de 3, 5 y 10 kilómetros, principalmente. Mañana y tarde.
Antes ahí estaban, como escondidos, esperando que alguien les hablara y les hablaron, porque de unos cuantos años a la fecha la ciudad se llenó de corredores. En Ciudad Victoria correr es un auge, como pudo ser una moda, porque se ocupan muchos gimnasios también, y hay variaciones sobre el tema, el ciclismo, zumba, las subidas a la sierra, en fin.
En vacaciones los corredores se quedaron y quienes salieron buscaron una playa, o un paisaje con un sendero donde correr. Son los inalcanzables, que cuentan sus largas jornadas corriendo o de plano caminando para llegar a la meta. Hoy andan en el estadio dando vueltas, o salieron a correr por las calles, por los abrevaderos de las bicicletas.
En el Paseo Méndez no falta la feliz pareja. Los ancianos que caminan dando vueltas y vueltas. En el florido sol, entre las grandes plantas y los árboles de ornato y los mangos y aguacates en las calles, que el tiempo no ha cortado
En el parque zoológico de Tamatán nace el orgullo del ser victorense. Y cuando se entra, se escucha el eco de la voz de una pareja de tamaulipecos que entonan “El Cuerudo” con mucho garbo, con mucho orgullo. Es una grabación… después, los gritos de los chiquillos que acompañan la melodía que se hace pasión, geografía, región en cada zona del parque.
Luego del traqueteo de todo un año. Los victorenses se pasean por la ciudad, reflexionan y la observan, son los que se han quedado, que los han visto todo, pero saben que cuando todos salen, dejan un espacio vacío, como un gran escenario donde se pueden interpretar todas las soledades. (Fotografía de México en Fotos).






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