Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- No te puedo dejar porque estás pegada con chicle. Uno de tantos chicles anónimos, seres masticados en una reyerta, en un enfrentamiento a golpes.
No te puedo dejar. ¿Qué caso tendría dejar este hueco, este depósito de besos y versos, a la utopía, a la lejana ironía de las probabilidades de la existencia?
Si estás, es porque soy, porque vengo de donde fuiste, porque estamos donde mismo, porque no hubo antes. No hubo.
Es mediodía y avanzo. El sol se estrella en la ventana y cae en pedazos. Me exilio en el polvo del aire, respiro las cuentas, los espacios producidos por una tormenta de ideas prófugas y perecederas.
No puedo dejar lo que eres porque supuras en mi grano, tejes en mi, pierdes el sentido de mis palabras, te olvidas de mi. Algo. Me destruyo completamente. No puedo dejar de respirar.
En los alcázares de la memoria lectiva, en el levítico templo del pasado, desterré las glorias y las penas ajenas, apenas llego, no te puedo dejar. Vengo por ti en un éxodo asimilado en un bote de agua.
La calle, ese ferrocarril implacable, lleva la noche, es un riel solo de dos andenes de fierro. Las mansiones son altavoces de la imaginación que atraviesan las miradas rápidas y continuas. Voy rumbo a la noche. ¿Qué piensas?
Si te dejara, volvería a rastras, si me dejaras, me quemaría en el fuego del tiempo que hace volver a los fantasmas, me ajustaría el reloj del alma para encontrarte en el tiempo sin tiempo de la nada. Me escucharía, te dejaría dejarme, te olvidaría, no podría dejarte.
Escucha: No te puedo dejar como los brazos, como las manos que surgen de la noche. En peligro llueva, haya aire, o estornude alguien.
No te puedo dejar con dejarte, dejándome, dejando, dejados, dejándonos. No podría… tendríamos que juntarnos, reconocer los brazos, doblar torcer otra vez, dejar, morir, desaparecer a balazos.
No te puedo dejar en la cerveza, en el humo del cigarro, en la imaginación, en mi cuerpo llano, en mi voz, en los últimos instantes de mis labios, en el reloj, en las miradas de miel, en el placer de tu ser, en la vez, en la otra vez, en todas las veces que puedas mirarme.
No te puedo dejar porque no sé. Nadie me enseñó a dejarte, ni a irme para siempre. Ni a caminar unos pasos sin tus pasos.
No te puedo dejar ahora ni nunca. No lo hubiese hecho. No sé en cuál sentido se mueve el destino, pero soy de este tiempo, soy del camino, y el camino es siempre el mismo.
HASTA LA PRÓXIMA.






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