Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Las cosas como se dicen hoy son distintas a como ayer se dijeron. Las cosas, los propios objetos, las mismas intenciones son otras. Razones de peso hay para que esto ocurra.
Decimos cosas como eso que hemos construido con las manos los seres humanos. Incluso los grandes edificios, las carreteras amplias y angostas. Las tazas del baño, los húmedos Alka-Seltzer y el micrófono inalámbrico, el plato vacío.
Adentro y alrededor de las cosas en sí mismas hay una realidad verdadera y una alterna, tal vez haya muchas realidades. No todas mantienen su vigencia, ni fueron grabadas, ni vistas por una concurrencia. No todas están justificadas ni tendrían por qué estarlo.
Pero las cosas ocurren, su presencia va más allá de su ausencia inmerecida detrás de una casa, adentro de un banco de niebla, pueden volver con la vuelta. La de los días inevitables. Los días de la trascendencia.
En quien razona o piensa, como usted guste llamarle, al día de hoy, lo que observa es diferente a lo que ayer vio. Con sutileza hay una hoja arrancada.
El mismo ser evoluciona aunque esa palabra sea incorrecta, debieramos decir avanza, sino es que camina, pues la evolución no nos corresponde, es ineludible. De todas formas al cambiar el hombre, las cosas cambian.
Los colores no se mantienen, las grandes pinturas han evolucionado con el tiempo, con las condiciones inconsistentes del clima. Nada, si usted quiere, es igual al día siguiente.
Todo tiene su desarrollo y su decadencia que suceden a la vez.
Decadencia y desarrollo son evolución, el avance perfecto es casi nulo, es más bien una vuelta de todas las cosas. Que no se da. Es un pleito contínuo en medio de la terrible confusión.
Nadie crece en una rama, y baja más grande, todos han crecido, la noche es pareja y siempre es un conjunto. Es paja. Esa es la lucha sincera. A mano limpia, entre la naturaleza del hombre y las cosas que lo deslumbran.
Cada día, lo que creemos no es cierto en su gran mayoría, claro, qué novedad, uno nada más ve una pequeñísima parte de la realidad, no lo que está atrás.
Añada a eso nuestra cruel fantasía que quiere creer lo que quiere creer. Y no hay poder humano que la desdiga.
Cuando los objetos se instalan en la mirada, comienza un juego entre el olvido y el recuerdo, entre la memoria y el limbo. De la aceptación y la memoria se hace un libro.
El primer contacto es un vapor que se difumina cuando comenzamos a ver. Si cerramos los ojos vemos comoquiera. Lo que se hace es una conexión.
Conexión es el maravilloso instante. Un único instante que puede ser una sonrisa. Pero, sin lanzarse al fondo, el contacto con la naturaleza nos establece y nos integra; entonces, ¿cómo no reconocer el movimiento de una rama al día siguiente?
La memoria establece esas conexiones para recordar la hoja que cae, el viento que aun no sopla, la mañana que avanza en una llamarada.
La construcción de objetos tuvo ese camino, el mismo que hoy vuelve.
La conexión es amar a los artesanos, las manos, los principios, las ideas de todas las cosas. Es un reconocimiento al beber el café en una taza redonda. Quien hace el día, hizo el de ayer, pero es más amado todavía.
Cada esfuerzo, es trascendencia, es un gramo de energía que contienen los objetos, cuando los tocas puedes sentirlo.
HASTA LA PRÓXIMA.





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