Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- He leído poemas. Los más contemporáneos tildan su rosa, la mueven a los fierros del regocijo urbano; y la contemporaneidad abarca lo novedoso en cuanto al amor se trata. O buscan la muerte, pero la tapan.
Mueren. Todos estamos muertos, los que mueren van naciendo. Estamos solos en otra parte. Pero no hay nadie.
El poema es rosa, pero es rojo, alguien de todos se equivoca.
La luz que trajo el decir, el nombrar y proveer de palabras a los objetos lejanos y cerca, son para romperlos, estrellarlos con los labios mojados, es un lindo discurso de flores y crisantemos blancos. Chíngalos, estamos en un velorio.
Mejor callen a los poetas, métanlos a otra parte que no sea la cárcel, porque se hacen hoyos, pedazos , rejas, escombros. Escapan.
Mátenlos mañana y aplacen su muerte, díganles palabras que no se oigan, luces que oscurezcan su garganta seca. Aplasten su cabeza.
¿Poeta, desde dónde vienes descalzo?, allá te hubieras quedado con el lápiz mordido. Llorando de niño.
¿Desde dónde vienes dormido?, allá te hubieras despertado con un cinto al cuello y el otro amarrado al cerebro. Allá te hubieras quedado leído, raído, encogido.
Poeta iluso, quién te quebró el alba, dónde dejaste el escenario para decir y callar al mismo tiempo, dónde dejaste la suerte, la piel desgarrada.
Quién te dijo que escribieras, quién te dijo que escribías, más te valdría haber callado , haberte borrado el nombre, haberte silenciado el gatillo. Haberte puesto borracho.
Aquí nadie te ama, es retorcido andar el amor, es ronco trago de barro, seco estiercol , aquí el amor es fino encaje, soldadura de oro, linaje alto, y poeta, tu eres pobre cabrón, de letras menguantes, erráticas y llovidas, eres un día antes. Extraviados lentes.
Que pasen los asesinos de mi parte. No hay necesidad de abrir, ni que entren por la ventana, ni que sacudan la espalda, ni que se hagan pedazos, honduras, y se rajen y me dejen libre y no quepan en el crimen y se arrepientan.
Que esa sea mi ausencia. Mi abuela.
Obviaste a Dios ahí afuera. Escuchas cómo respira. Suena la campana y pasa un carro, un fiembre se come solo en la calle, se desata el Dios, te busca en los poemas. Tienes tos.
Poemas de otros ha de ser este. Éste lo encontré cayendo, como yo, latiendo, como yo, poeta, moviendo un dedo, sacando un peso, midiendo un minuto como el último.
Ha de ser esto que falta en el pecho, el enorme sacabón de hule. Este poema de ese otro que fui.
Te trajo una paloma. En el sueño pensaste que eras cierto. Púdreme. Ya ves que no, fui un muerto, fui todo lo que fui.
HASTA LA PRÓXIMA.






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