Por Oscar Misael Hernández-Hernández
Quintana Roo.- Ni el tío Tato, la tía Lucy ni el resto de la familia sabían que, cuando nos invitaron a dar un tour por la Riviera Maya, también estaban incluyendo a un antropólogo cuyo trabajo no consiste en ir a antros -salvo que sea definido como lugar de estudio o actividad lúdica-, sino más bien en mirar, escuchar y preguntar lo que a priori no es de nuestra incumbencia para comprender cómo piensa y vive la gente de algún lugar. Además de sol, playa, arena, comida, bebidas y tacos de ojo con extranjeras(os), la Riviera Maya da para ese tipo de indagaciones antropológicas.
Sin embargo, cuando el tío Tato me preguntó si no tenía que trabajar esos días o alguna zoom-meeting, cuestioné la naturaleza de mi trabajo. Claro que, en cuanto llegamos a Playa del Carmen y entramos al hotel que habían reservado, mi cavilación se desvaneció y al menos por veinticuatro horas me sentí un turista y no un antropólogo; hasta que vi en twitter que el presidenteAndrés López Obrador andaba muy cerca de ahí, en Cancún, evaluando los avances del tramo 4 del Tren Maya. Fue entonces cuando recordé que soy de clase media, aspiracionista y quizás hasta sin escrúpulos morales.
Más allá de lo anterior, la Riviera Maya es más que conocida porque se trata de una zona turística situada en el litoral de Quintana Roo. Lo turístico es evidente a leguas: además de hoteles y resorts, en lugares de espera como los aeropuertos se puede observar una marabunta de personas de distintas nacionalidades, de ambos sexos, chicos y grandes, que ya se van de la zona o que apenas llegan y buscan taxis o esperan los ya contratados para irse a descansar o caminar en Playa del Carmen, Akumal, Tulum u otro lugar.
Por supuesto, en la Riviera Maya no sólo hay personas en tránsito, también hay inmigrantes que desde hace años residen en ciudades como Playa del Carmen, municipio de Solidaridad. Para Martha, una taxista, en su mayoría aquí viven canadienses, estadounidenses, pero también europeos. Carmen no se equivocaba; según un censo de población, en el 2015 Solidaridad tenía poco más de 200 mil habitantes, de los cuales el 12% eran extranjeros. Hoy en día, sólo Playa del Carmen tiene más de 300 mil habitantes.
En el lugar donde nos hospedamos, por ejemplo, el color de la piel y los estilos de habla denunciaban quién era nativo y quién no, o al menos quién era mexicano y quién extranjero. También había excepciones que podían confundir. Era el caso de nuestra familia: el tío Tato y la tía Lucy, mexicanos pero ya más bien adoptados por California, USA; otros tíos, tías, primas y nietas de Guanajuato o residentes en Aguascalientes; Tamara mi pareja, Victoria mi hija y yo, una mezcla de Chihuahua y Tamaulipas con matices culturales que da el vivir pegado a la frontera de Texas.
Obviamente el flujo turístico ha cambiado la estructura demográfica de la Riviera Maya, pero no sólo eso: también la gastronomía. Hoy en día platillos típicos como los tamales, los kibis o las sopas de lima conviven con los scrambled eggs, el bacon o las burguers. Carlos, un chofer, comentaba que fuera de los hoteles, podían encontrarse los verdaderos platillos típicos de la región; y más baratos. Todo empezó cuando nos preguntó si los habíamos probado. Le dije que no, que incluso me quedé con las ganas de un filete de mapache: de esos que andaban en el hotel buscando comida y recriminando a los turistas por haberles invadido su hábitat con el contubernio empresarial.
Carlos sonrió y enseguida nos habló de la cultural “pibil”, que en maya significa “bajo tierra”. Nos platicó de un tipo de barbacoa de pozo que se hace con venado común -no el de cola blanca, pues está vedado-, aunque a veces los nativos hacen trampa mezclándola con carne de tejón; también de un tamal que se elabora con hoja de plátano y guajolote local -que me recordó el zacahuil de la huasteca-. Mencionó otros platillos cuyo nombre olvidé, pero lo que sí recuerdo fue que en ese momento me arrepentí de no haberlos buscado. Me lo propuse para una próxima. Lo único que me consolaba era haber visto algunos cuerpos “celulíticos e indecentes” que se atrevían a caminar en biquini a la orilla de la playa o en las albercas, como decía el tío Tato al hablar irónicamente de mujeres bellas que caminaban como en pasarela.
Pero volvamos con la crónica de mi visita a la Riviera Maya. Al día siguiente, apenas el sol asomaba y Tamara tuvo la idea de ir a caminar por la playa, la cual estaba muy cerca. Todo era perfecto: arena blanca, camastros y camas balinesas, el agua de la playa… con sargazo… banderines rojos de “no se meta al agua”… y dos militares armados que pasaron caminando. A excepción de la arena blanca y las camas balinesas, el paisaje se me hizo algo similar al de Playa Bagdad en Matamoros. ¿Qué hacían dos militares caminando por ahí? Según Tamara, el tío Tato había leído que recientemente asesinaron a unos turistas extranjeros y tal vez por eso la vigilancia.
No estaba errada: según los medios, una semana antes de nuestra visita, en Tulum unos sicarios entraron a disparar en un bar y dos chicas -una de Alemania y otra de la India- resultaron víctimas colaterales. Para Carlos, el chofer, la vigilancia más bien se debía a que recientemente en el mar se encontraban bultos sospechosos y por eso los militares hacían rondines, no sólo por tierra, también por mar y aire. No en balde la ubicación de la Riviera Maya en la costa del mar Caribe, la posiciona en un lugar clave del flujo de drogas desde Sudamérica hasta la frontera México-Estados Unidos y, de paso, algo se queda. Incluso, en diciembre de 2020 una reconocida página turística hizo el tema público con un título sin rodeos: “Drogas en la Riviera Maya: todo lo que necesitas saber”.
Después del incidente de la playa regresamos a desayunar. El tío Tato, la tía Lucy y Tamara planearon ir a Cozumel: una isla muy cercana y bastante turística. El primer chasco que nos llevamos fue conseguir el taxi desde el hotel hasta la zona centro de Playa del Carmen. Además de excesivamente caro (600 pesos), el taxista nos comprometió a contratar el servicio de retorno, por aquello de “cubrir una póliza de seguridad”. Afortunadamente cambiamos de taxista -aunque no de empresa y servicio- y nos tocó Élida: una inmigrante tabasqueña, quien nos recomendó turistear en una famosa avenida de Playa del Carmen, además de algunas fondas donde vendían comida tradicional.
No evitamos preguntarle si la ciudad era insegura, pues viajábamos con una bebé. Élida dijo que no, que solamente por la noche. Era cuando se veía gente ebria, había robos, incluso se encontraban chicas jóvenes, extranjeras -en especial de Venezuela- que se ofertaban como acompañantes. Claro, en el día se podía caminar tranquilo y en familia. Llegamos al punto donde debíamos comprar los boletos para un ferry que nos transportaría a Cozumel: un boleto de $226.00 por un viaje de 40 minutos. En el trayecto la tía Lucy se mareó, pero aun así las ciruelas y el coco con chile que llevaba no fueron perdonadas. Tamara y yo aprovechamos para calcular el negocio de los ferry, además de especular que tal vez no sólo transportaban gente.
Según Tamara, en algún lado leyó que alguna vez encontraron algo ilegal en un ferry, pero que no se sabía si era parte del negocio o si fue un artilugio de la competencia para desacreditarlos. Algunos turistas estadounidenses y canadienses se subieron al ferry y, algo borrachos, intentaban sostenerse. Un gringo me llamó la atención porque traía una gorra que por el frente decía “Molotov” y por detrás traía la bandera mexicana. Resultó que hablaba español, era de Austin y obvio admirador de Molotov. Llegamos a Cozumel y lo primero que hicimos fue buscar dónde comer.
Cozumel es una isla de alrededor de 100,000 habitantes, pero con un turismo que deja ingresos inmensos. Durante el primer semestre del 2021, por ejemplo, éstos se estimaron en 165 millones de dólares. También es una isla donde los bienes raíces son carísimos: un mesero estimaba que una casa estilo Infonavit podía ofertarse hasta en 700 mil pesos. El paisaje es bello, aunque con un calor húmedo muy similar al de Matamoros. La presencia del Estado es más que visible con vigilancia de la policía por las calles y camionetas de la Armada de México. Dimos con un restaurante recomendado y descubrimos que nos mostraban un menú con precio para turistas extranjeros. Después de bromear con el mesero, sacó el menú para connacionales y el costo fue menor.
Duramos muy poco en la isla, pues el último ferry se nos podía ir. Antes de irnos caminamos un poco, tomamos un café, unas selfies y, la tía Lucy, compró unos cigarros cubanos como regalo para sus hijos, a pesar del enfado de Tamara porque le vieron la cara, pues en un Seven Up vendían el mismo producto cinco veces más barato. Los efectos del capitalismo pusieron a prueba el consumo y las relaciones familiares en una isla. Tomamos el ferry y llegamos noche a Playa del Carmen. El resto de la familia había arribado y los encontramos cenando en uno de los restaurantes del resort. Los planes para los siguientes días no se hicieron esperar: playa, alberca, bebida, comida y de vuelta al principio.
Durante un almuerzo, una de las tías comentó que la Riviera Maya era un paraíso: había desde artesanías y restaurantes novedosos, incluso playas nudistas donde se ponen a prueba la moral y el decoro personal, hasta “arreglos” sospechosos en restaurantes céntricos, como le había comentado la hija de una amiga. Carlos, el chofer, también se vanagloriaba de todo lo que la Riviera Maya ofrecía a los turistas, pero se lamentaba de la inseguridad que había desde hace unos años por la incursión de un grupo criminal de Michoacán y los de “la última letra”. Incluso, decía que “por ahí en una colonia hay gente de Durango y es una zona peligrosa”. Para Carlos, las cosas antes eran peor, pues la policía no traía armas buenas, pero desde una vez que el ex presidente Barack Obama vino a una cumbre, dotaron de armas hasta a los agentes de tránsito.
El turismo en la Riviera Maya, como se observa, tiene una frontera delgada con la inseguridad, pero también con las diferencias y desigualdades sociales. La dinámica en el hotel donde nos quedamos en parte reflejaba la dinámica de ciudades como Playa del Carmen: un espacio plagado de turistas connacionales y extranjeros que intentan interactuar aunque con algunas barreras culturales y de clase; empleados que reciben el salario mínimo pero ganan más con bonificaciones y propinas de los clientes; pulseras que distinguen a huéspedes de primera o de segunda; camastros libres y camas balinesas reservadas. Turistear por esta región sin duda es bello, pero en mi experiencia, lo mejor del viaje fue el click que hizo mi pequeña hija Victoria con Abner, un niño de dos años, hijo de padres cubanos que vivían en Tampa, Florida. Cada vez que se encontraban se quedaban viendo y parecía que se sonrojaban en medio de adultos indiscretos.
N de la R. Oscar Misael es Sociólogo por la Universidad Autónoma de Tamaulipas, maestro y doctor en Antropología Social en El Colegio de Michoacán, investigador titular en El Colegio de la Frontera Norte y posdoctorante en la University of Texas at Austin.







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