Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Es sublime cuando las olas brotan y se van arrastradas por el viento. Más al fondo las cordilleras forman una barrera para profanar el horizonte. Dijeron que el mar estaba picado y yo vi que se alzaba, que trataba de alcanzar una gaviota suspendida en el aire. Yo no podría asegurarlo.
Cuando llueve, las gotas son señoras que pasan apresuradas con su desgastado reboso a encontrase en alguna parte del agua, con su intermitencia destrozada. Yo dije eso cuando las vi pasar inclinadas en su procesión de viejas.
Atrás de ellas viene una nube recogiendo agua. Agua seducida que sube para empezar de nuevo a ser nube y caer otra vez en su destino.
El mar sin embargo sabe llenar de agua las casas, invadir terrenos particulares y que nada le digan. Es un monstruo cuando se lo propone. Yo no lo creo.
El mar sabe cruzar ciudades y regresar por la tarde muy campante con el sol que se moja y remoja el cabello. Y vi que volvía y volvía en ese recitar de poemas bonitos y licenciosos por el gran poder del mar.
Uno se quita el sombrero, guardadas las distancias procede ya frente al mar a despojarse de la rutina y teje la telaraña con la cual el día es una pequeña mariposa en el alma. Eso ocurre cuando casi al alba logras saber cómo es que nace el sol mil veces mejor que la última vez que lo viste.
Poco a poco el día se apodera de las sombras, las engulle. El sol quebró todos los vidrios y estalló en los ojos que frente al agua confunden los sedales.
Al mar le legamos esa investidura que nos ponemos para decirnos seres humanos. Le damos nuestras miserias. Nuestro desagradecimiento, la mugre, la melcocha, los trágame tierra, la mancha fantasma y negra, el ruido del motor.
Un día el mar quedará como al principio y alguien aquí deberá pagar. Entonces habrá sirenas que lograron salvarse. Y la humanidad extinta por fin permitirá su existencia de leyenda, en el lugar de engañar a los viejos navegantes.
Poco a poco la tarde crece en su crepúsculo. En el lomo el mar deja que se suban las aves, los días y los años, los aposentos del alba, la engarruñada tarde de un quebranto, el amor de dos, la lujuria, la sonrisa apenas de esa tarde.
Había algo más para el mar dejado en su tormenta de arquitrabe, de arenque resulto en carcajadas remotas en el fondo del mar.
Tal vez un viejo faro que vio llegar a Francisco Javier Mina, dicen que llovía como estas tardes. Maldita sea. A lo mejor no fue un buen día para el señor que dice un cuate que trajo el primer tenedor.
Anochece para este entonces, el mar lobo estepario escurre por las huellas de un perro de agua y se mete en los cuerpos de esa religión que es un antiguo rumor, un oleaje quizás, así como se escucha afuera…en los caracoles nocturnos al cerrar los ojos.
HASTA LA PRÓXIMA.







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