Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- A mí de niño me ganó el viento. No pude correr más rápido ni llegar muy lejos. Pero esperé a crecer.
Una aguda etapa de mi vida la dediqué a correr. Cada vez veía los notables avances de quien se empeña, en mi propio éxito. Cada vez llegaba más lejos. Veía siempre cómo un grupo de personas se reunía en torno a mi y de manera separada pasaban a verme, veían qué casaca usaba, que calzón para correr.
Querían copiar esto y aquello de mí, pero seguramente no mi entrenamiento. Yo era el viento.
Poco a poco esta disciplina sucumbió a otras que brotaron debajo de la piel como una alergia. Se hicieron granos que hoy me rasco todavía.
El viento es hoy una cortesía de la casa, su casa, la de este que escribe. Es un honor respirar el aire que se respira con el viento que alguien trajo, los perfumes, sentir el calor húmedo de una linda mujer, o tolerar el insoportable hedor de las alcantarillas, que viene de afuera.
El viento nos solapa, nos carga, nos lleva por delante en una carretilla invisible. Sin luces.
Un día seré viento. Por mientras voy amasando ese ser del aire que nace afuera. Le soplo a las costillas y corro ligeramente por las mañanas para hacerle un poco de compañía. El viento me lleva.
Por las tardes le veo pasar en las proximidades de la noche con su ala triste y un ejército de luces y un atajo oscuro entre los árboles.
Viento. Con cuánta razón te diriges al fuego y lo inmolas. Vienes con el aire, con el respirador artificial, con el oxigeno quebrado, con el hocico del perro, babeando.
Viento. Vienes recio y te atragantas, te das vuelta en los melacones y buscas algo debajo de las hamacas y de las risas de las muchachas. Te comes a tí mismo en granos de arena, en sacos de polvo, de tierra, de graniso seco.
La boca es un arma del viento, la falda, y el contubernio del movimiento del cuerpo. Aprendí de las ramas de los árboles a mover los brazos conforme al viento.
En el viento las palabras de vez en cuando viajan en silencio.
Es un honor ser silencio cuando pasa el viento. Ser sátrapa, ser nadie, un movimiento cómplice acaso, pero muy pequeño, para que no se distraiga el paso del agua cuando pasa.
Eres el viento. Cuando dejo de respirar muero. El aire sólo es tu espacio libre, en realidad no existe el aire.
He dejado de crecer notablemente, como he dejado de correr dramáticamente. El viento a quebrado mis mejillas muchas veces. Ha roto los cristales de los lentes en violentas sacudidas.
He dejado también de ser viento para poder verle. Para sentir el tibio olor, el fresco, el calor canicular, la voz que viene del exterior, el soplo divino.
HASTA LA PRÓXIMA.





Discussion about this post