Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Es durante las crisis cuando mejor se conoce al ser humano; cuando mejor se puede estudiar su comportamiento y aquello que le afecta. Es la medida de sus respuestas al mundo exterior de su especie, pero también a su colectividad y su estación colectiva.
Porque en las crisis es donde se manifiesta al capacidad de amar, de distinguirse del resto de los animales.
Dice Charles Dickens en su mejor libro, eran los peores tiempos pero también los mejores, al hablar en su historia de dos ciudades.
Hay quienes por su posición ante la vida puede que durante un tiempo padezcan el cambio de los tiempos, y se resistan a ellos y habrá quienes sepan acumular riquezas en las experiencias, sacar lo mejor de sí mismo y así crecer en los términos de la oportunidad que la vida ofrece.
El hombre es un lugar sin límites. Como el universo mismo, va más allá de su propia existencia, pero él en sí mismo pocas veces se entera y eso lo lleva a la desesperación hasta la inexistencia. Una persona existe en tanto su actuación tenga que ver con el desarrollo de lo que hace.
Un hombre es estudiado cuando está motivado por la circunstancias. Se conoce su carácter y aquello que lo hace diferente al resto de los mortales. Se precisan los detalles de su existencia.
Pero el entorno que lo mueve y pro mueve no se entera. Ciego, el ser colectivo entiende sólo aquellos aspectos que identifica y teme alejarse de lo corriente, de aquello que ve pasar todos los días por la calle y que debiera transformar lo que cotidianamente hace para encontrar un sitio en la etapa inevitablemente evolutiva.
Una controversia por ejemplo tiene en la beligerancia la ocasión del perdón y la redención pegada en las manos que golpean el rostro de la sociedad o de una persona. O, entre el desenfreno y la necesidad, acabar con la situación que le afecta, incluso si se trata de la vida de otra persona.
El hombre, ese ser extraño de nuestro tiempo, viene de todos los tiempos, es todos esos tiempos juntos y como tal, es un resumen de lo que ha vivido y le han dicho.
La psicología, esa vieja desahuciada, ha buscado nombres y elementos de juicio para proveer a la sociedad de una sanidad mal entendida. Poco a poco la misma psicología a abandona sus preceptos y la deriva en una geografía que hoy por hoy estudia hasta el hecho de que alguien mueva el brazo izquierdo con mayor jerarquía.
En una sociedad de consumo, la mente es un objeto de estudio para vender y comprar ideas, es un artículo no desechable que merece arreglo, cuando supuestamente falla o no obedece a los intereses del mundo contemporáneo, aunque no siempre ha sido así.
Antes sacaban los demonios, los niños nacían en un bote de agua caliente. Las mujeres se atendían un dolor de cabeza con un chiquiador en las sienes. Y funcionaba.
El hombre, rebelde por naturaleza, ha encontrado mil maneras para justificarse y encuentra en aquellos que no están de acuerdo, su propia cordura. Su comprensión y hasta su filantropía.
El hombre va rumbo a la comodidad y no al sacrificio, comodidad que desde luego vende y está dispuesto a adquirir a cualquier precio.
Es duro tener paciencia por ejemplo en este mundo complejo. Ver las cosas como son también es difícil, pues el conglomerado, lleno de una inquietud por sobrevivencia, busca los retazos donde se reúne para despotricar contra los demás o para consolarse. Pocas veces es él mismo, pocas veces es la suerte de encontrarse con uno y hacerse las preguntas necesarias que no tengan respuesta.
El universo que existe dentro del pensamiento provisto por los alternos consiente y subconsciente desarrolló la forma de anular lo que está en el fondo de nosotros, perdido como un niño abandonado en el centro comercial; el inconsciente, aquello que nos hace golpear la pelota rumbo a las redes o que nos hace meter las manos ante una bola de fuego, lo que nos hace parpadear ante una viruta de silencioso grumo de tierra imperceptible entre lo que vemos y nosotros mismos.
No hay tiempo para la lectura de libros, menos para leer la vida, se pasa por ella corriendo muchas veces y así morimos en la desesperación de no haber ido, de no haber alcanzado a llegar a tiempo al sitio inexplicable, al sitio desconocido que nos dijeron y que además nadie ha visto, que no es el cielo, sino el interior del sentimiento.
Durante las crisis el hombre encuentra las palabras necesarias para reconfortar su alma y explicarla. Pero no lo hace. Quiere que otros lo hagan y pierde su razón de ser, pues no se sabe entender y así como él se percibe lo dice al de enfrente, pues el hombre teme ridiculizarse o por momentos, en el caso contario, exagera en su opinión buscando una pared, un muro frío donde recargarse.
Fuera de nuestra pisque todo existe y nada es verdadero. Todo es inventado, muchas de las veces es una farsa o algo innecesario a lo que se ha vuelto un oficio y se muere con ello.
Hay oficios que se extinguieron sin pena ni gloria en lo que otros continúan sirviendo al ser humano, como el oficio de la palabra.
En su eterna búsqueda el hombre se dispersa. Hay distintas religiones como formas de ver a los ojos de un creador. Hay distintas fórmulas para obtener una misma respuesta, pero también hay distintas formas de responder al mundo exterior. Eso hace la vida. Y es motivante que ocurra.
No hay decepción, lo que hay es la ocasión y la posibilidad de entendimiento, nunca del desahucio, pues en la decadencia está la resilencia y la producción de lo nuevo, lo moderno, el rompimiento con el pasado inmediato.
La farsa consiste en venderle artículos al ego, una cara exclusiva, una alberca redonda, un sueño increíblemente realizado. Y es bueno. Pero pocas veces leído por los contemporáneos cuando en la otra parte oficialmente somos seres humanos y demandamos comprensión cuando no se trata de compartir lo que ganamos.
El ser se ha capitalizado en recursos económicos y el olvido vive en su intelecto, en la forma de convivencia que al fin de cuentas en todos los tiempos termina en sobrevivencia y en matar aquello que amamos como decía Rousseau. “Matamos lo que amamos” dijo Rosario Castellanos después en ese plagio pequeño, que luego ella convierte en un poema demoledor.
Es en las crisis cuando más se conoce al hombre real. El sujeto que logra posicionarse donde otros no han querido ir para experimentar el placer de vivir, pues al revés, no quieren arriesgar aquello que sus padres le heredaron, como las formas que terminan en prejuicios y los bienes que por más que lo desee son imposibles de guardar o retener.
Hay por todo ello mucha nostalgia en el ser humano la incomprensión que le aborda cuando se cree merecerla sin verla enfrente. Es la ceguera de estos tiempos y de todos los tiempos, la que nubla la razón y hace que se busquen refugios. Ciertos sitios relevantes que proporcionen un estatus,, que lo hagan un supe habitante, pero en su soledad el hombre debiera saber que puede ir más allá de lo imaginable, que mientras viva la esperanza es la respiración, el latido del corazón incesante.
Durante las crisis quienes guardan la calma y buscan leer la vida cotidiana en su manifestación sencilla y aun en aquella más absurda son quienes logran trascender la frontera del tiempo, ese recurso de ir y venir por el mundo sin desesperación, pues en ella y sin ella es lo mismo. No se empuja a los demás aunque así se crea, no se mueve a nadie como se mueve el sol; el hecho de ser humano, aunque dependa en varias maneras de los demás, lleva el terrible ser, ese otros ser que le habla desde su individualidad y lo rescata.
Nunca hay más necesidad de amar más que durante una crisis. Cuando se ama se sobrevive, hay un superhombre. Se ama no por redención sino porque existe la palabra exacta en los demás que cuando la leemos escrita en los caminos, en los horizontes de tibios amaneceres, o en las derrotas funestas de que se tiene memoria, se aprende a vivir realmente. Y sobre todo, se vive feliz, esa palabra que se repite como algo inalcanzable de pronto, algo fugitivo que sin embargo permanece.
Se ama como se escribe y escribir es solo una manera de decir, porque decimos con la mirada, con los movimientos involuntarios si así se quiere llamar a aquello que hacemos sin interés, con la sonrisa tímida o abierta y franca, con la expresión involuntaria de una lágrima.
Durante la crisis existencial del ser humano, amar es el oficio de la palabra. Cuando el mundo da a luz algo nuevo, la palabra le reconoce y le da nombre, pero el tiempo de sus contemporáneos absortos le objetan, pues no es lo que andan buscando. Es hasta después luego de repetirse, que aquella palabra se vuelve fundamental y logra pasar por la tesis del tiempo, cuando se dice en los salones de clases; y muchas veces la propia palabra transita cuando ya es inútil, y otra palabra, nueva y reciente palabra, aborda el oriente de la mirada, por donde el sol nace.
HASTA LA PRÓXIMA.







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