Por Agencias
Ciudad de México, México.- El futbolista, que vistió la camiseta de su país durante 23 años, abandonó la concentración del equipo a finales de septiembre contrariado con el seleccionador Jorge Jesus, que le relegó al banquillo en el partido ante Noruega.
“A los portugueses”, anunció, “ha llegado el momento de colgar el número 7 de nuestra selección nacional”.
Investido de la legitimidad que le confieren 146 goles en 234 partidos internacionales, récord mundial absoluto, Cristiano Ronaldo se dirigió a la nación como en otros tiempos más pudorosos solo lo hacían los reyes, los jefes de Estado, o los jefes de Gobierno elegidos democráticamente. A lo largo de un discurso leído ante una cámara durante cinco minutos, sentado en un sofá ante la hoja de papel mientras se intercalaban imágenes de su carrera en el equipo de Portugal, con el acompañamiento musical de Hasta que Llegó Su Hora, de Ennio Morricone, el futbolista con más seguidores de la historia de las redes sociales proclamó su retirada de la selección de Portugal en su cuenta de Instagram.
“No ha sido una decisión fácil puesto que no me guió la cabeza sino el corazón”, dijo, para admitir, de algún modo, que se había equivocado. Camino de cumplir los 42 años había postergado su despedida más allá de lo biológicamente asumible, dadas sus precarias condiciones físicas para responder a las exigencias del fútbol de máxima competición. Así, a contracorriente, disputó los Mundiales de 2022 y 2026, y la Eurocopa de 2024, en un ejercicio desesperado por prolongar su vigencia. El conflicto entre ilusión y realidad marcó los últimos años de la carrera del goleador más prolífico que ha existido junto con Pelé y Messi.
Cristiano estaba en capilla. La federación portuguesa le impuso una sanción de 30 días de suspensión tras abandonar la concentración el 30 de septiembre. Fue el colofón de un desencuentro escandaloso con el seleccionador Jorge Jesus, al que acusó de mentir después de que el técnico se justificara públicamente por prescindir de utilizarle en Oslo, en un partido contra Noruega. Un borrón absurdo e innecesario en su trayectoria. Una ofensa recíproca que solo podía superarse con la dimisión definitiva del ídolo.
Messi se despidió de la selección en un partido amistoso organizado en su honor en el estadio Monumental de Buenos Aires. Rodeado por sus compañeros y por sus paisanos. Cristiano emitió su comunicado desde su casa en Arabia Saudí, a donde vive desde que lo contrató el Al-Nasser en 2022. Estaba en capilla. La federación portuguesa le impuso una sanción de 30 días de suspensión tras abandonar la concentración el 30 de septiembre. Fue el colofón de un desencuentro escandaloso con el seleccionador Jorge Jesus, al que acusó de mentir después de que el técnico se justificara públicamente por prescindir de utilizarle en Oslo, en un partido contra Noruega. Un borrón absurdo e innecesario en su trayectoria. Una ofensa recíproca que solo podía superarse con la dimisión definitiva del ídolo.
Algo impensable apenas unos días antes cuando se presentó junto a Jorge Jesús prometiendo que estaba listo para iniciar una nueva etapa acatando lo que le mandara el técnico —“jugar, salir, entrar o no jugar”—. Media hora de calentamiento sin entrar al partido le enfurecieron.
Primero, abandonó el campo haciendo gestos ostensibles de contrariedad mientras sus colegas celebraban el triunfo 1-2 con la afición en Oslo. Después, desapareció de los entrenamientos y finalmente llamó a su jet particular para que lo recogiera en Copenhague. Fue el epílogo de una trayectoria de 23 años y seis Mundiales con Portugal. Una carrera única.
La despedida vía Instagram explica la naturaleza de Cristiano como fenómeno de masas. A diferencia de Eusebio, el gran emblema histórico del fútbol de Portugal, incluso a diferencia de figuras como el propio Messi, es imposible entender a Cristiano sin las catapultas industriales que le proyectaron más allá de la fama atribuible a sus condiciones como deportista. El portugués pisó todos los pedales que le facilitaba la nueva realidad mediática global. De la mano de Jorge Mendes, el agente más influyente, y del Real Madrid, el club con más peso institucional, su carrera se disparó a niveles que trascendían el fútbol. Cinco Champions y cinco Balones de Oro no bastan para atraer 679 millones de seguidores en Instagram, cifra representativa de una celebridad que despierta interés en un público muy amplio.







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