Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Luego de las siete plagas, llegaron miles de plagas a la ciudad en ruinas. La sociedad luce cansada de estar cansada y así es en efecto, ni siquiera tiene aliento para decir nada. Ni para inflar un globo en el parque.
El ayuntamiento local en franca solidaridad con el pueblo emitió un decreto para prohibir los globos. Evitando así el ridículo coyuntural de un padre cuya fama de “chucha cuerera” cayera por falta de productos de ave domesticable mejor conocidos como blanquillos, una tarde cualquiera.
Desde hace miles de años el rico vive de los pobres y es común ver gente arrastrándose por las calles en busca de un pedazo duro de pan o de tortilla compartida con el perro. El perro adquirió su jerarquía y reclamó su dominio en las principales rúas de la periferia al tiempo que mantiene secuestrados a sus antiguos propietarios.
El dominio de los perros hoy en decadencia trajo miles de pulgas y garrapatas que pronto invadieron los techos y los patios de la ciudad. Los mismos perros apoyaron una campaña de fumigación que se hizo a medias por parte de las autoridades de salubridad. En colonias más abandonadas los perros hicieron criaderos de garrapatas para azuzar a los dueños a mejorar el trato. Muchos perros cayeron mártires en esa lucha perdida de antemano.
Con el tiempo aquello quedó en un leve resentimiento, ganas no faltan para un desquite tanto del amo como del mismo perro.
Dicen que en cien años los humanos podríamos ser inmortales. Faltaría ver primero si para ese entonces todavía hay mortales.
La sociedad fue construyendo de ese modo su real condición, su cruel hipocresía. Los ciudadanos a pesar de todo acuden con el misterio de la cruz en la mano a la iglesia. Adentro se detiene un tiempo para cargar el manto sagrado, pelarse las rodillas y ponerle casa de lujo al padre ingrato. En la televisión privan las falsas costumbres y una pléyade de chiquillos son felices suicidándose desde hace cien años comiendo en McDonald.
En la calle, de orilla a orilla se tiran piedras roseadas de balas y una que otra mentada de madre. Porque eso sí, somos bastante correctos ante las cámaras y saludamos a la bandera con fervor patrio como si hubiera méritos propios. Sin embargo nos estacionamos en doble fila o entramos de gorra al partido, pues una prima de la tía Cleta está bien parada en Guanajuato. Y sí.
La gente confundida pregunta a destiempo si todavía hay un espacio que le vendan para su chamaco en la secundaria del barrio. Sueñan con una revolución frustrada como la anterior para voltear la tortilla otra vez como si nada y volvamos a ser los de antes, los ricos de siempre insoportables para la empleada, mierdas, déspotas, insensibles y nuevos ricos.
Pronto se acabará el domingo y en el transcurso de la noche muchos traman el asalto ciudadano. Coches saben cómo matar en la esquina, al dar vuelta, al obviar el semáforo intermitente e impune o inexistente. Hay una razzia pareja por las calles agujeradas y el rasero llevó a muchos a la ruina, al mejor no haber nacido, al no ser nadie ante tanta ignorancia, a estar entre sus garras…a esa impotencia.
La noche sabe a veneno en el cochambre de las malas noticias que ruedan en silencio por las avenidas destrozadas. Van y se meten a los orificios, chocan con las paredes y salen por rutas aledañas que llevan a los asentamientos más pobres.
La noticia viaja sola entre personas de pelo cano, mujeres de la vida galante, vendedores de chía, locatarios unidos jamás serán vencidos, fervorosos creyentes de san “juditas” Tadeo, el santo patrono de los milagros imposibles. En esta sociedad mezcla bestias con vendedores de chía.
HASTA LA PRÓXIMA.







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