Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas. ¿Qué es la música?, ¿ese tañido de campanas?, ¿golpes ligeros, avistamientos de sonidos feroces tras la puerta?
En las hendiduras de las paredes hay pedazos, misterios de voces inauditas e inconmensurables. En el regocijo se quedaron pegadas a sus solventes, flores a sus aromas livianos de claveles.
Cuál noche es esta en las diademas de la luna. Los fuertes contingentes marcharon al olimpo, las cercas cerradas de foros han iluminado la estancia.
La orquesta se marcha con el fuego en medio de una locura de todos, comenzaron un incendio y terminaron ahogando al compositor invitado.
De repente, desde el tumulto, se dice la última palabra, el caro gesto y la mirada obscena de los tiempos. Todos dejaron sus instrumentos en la orilla de un lago. Los portentosos personajes sentados en el cuarto tararean las notas que tocarán los martes.
Entonces el compositor descompone sus líneas y los pasos caen entre ellos.
Un acontecimiento lleva sin freno la mano que se alza y cae en una muerte sospechosa que aplaca el silencio. Comenzando por el contrabajo injusto que da escoger los brazos enemigos del tiempo, los tres cuartos que se acaban en un círculo viciosos se encuentran escondidos en las cuerdas vocales.
En los metales, la resistencia es mínima al sol bajo los instrumentos de aliento. Perdidos entre la percusión de los sueños, expuestos a una tambora iluminada por un fardo de esta gran nación.
Escoges el ir constantemente, el paseo por los jardines y juegos, la lucha derramada en un último esfuerzo de soprano, con grito de mujeres cantineras.
Los violines lastimeros son suficientes cuerdas para coartar un silencio, Sigue sin tiempo el silencio, en la mano cerrada, en el puño de fierro de la voz que no habla.
En la fragmentación de pájaros la flauta quema vientos, nos hace tímidos los oídos, nos despide de la sombra para, en el sin fin de escurridizas notas, llevarnos solamente, de escurridizos, de polizontes en la parte del tren invisible.
En el corredor se sienta estupendamente la larga sinfonía, que agradece la amabilidad de su parte.
Da vueltas y se ríe del chelo y sus viejas canciones. En un solo de cuerdas, la luna se desgrana afuera, de verdad es un hecho que no se puede confiar en nadie, Stravinski eufórico.
Están tocando a un lado, en otra parte. Van tocando por la calle, con los sonidos en la boca calle, con los pies colgados de un atril, con las manos escuchando, moviéndose en un compás extraordinario, antes de llegar a la casa de los silencios, que es la paz, al concluir la sinfonía errante.
HASTA LA PRÓXIMA .





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