Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Las cosas, si les ponemos nombre, existen. Existe luego la palabra correcta que suma y no resta, pero que al final de cuentas no es verdadera.
Existe la palabra verdadera que por no decirla a tiempo es falsa. Existe el momento no encontrado luego de una larga búsqueda en la nada.
Uno trabaja con los materiales de las palabras, construye edificios y cava fosas, uno sueña y el sueño a veces se vuelve una parte del día que esperas luego de una chinga. Es un proceso la palabra, una mujer dormida, recostada en la vida.
No existe la felicidad si la vemos, no existe si la tenemos, necesitamos añorarla, casi extrañarla para verla. Morir por ella.
Hay palabras no dichas nunca, pero se asumen desde que llegas, te vas y la palabra no dicha no es ningún enigma, es la misma que te llevas, que has traído todo el día.
Deberíamos inventar más palabras para sustituir a otras. Decir más con menos en una revuelta sucia. Hay un tráfico de palabras, es como un delito que las palabras entren y salgan como Pedro por su casa.
Las palabras son metales resistentes, pero también llamas de agua, muescas de arcilla, orillas enraizadas en los cabellos sueltos.
La palabra, huidiza, recorre el tramo del yo a la conciencia. La buscan en la montaña, le sierran el paso en un retén de amenazas, es electa concursante con otras, se pierde, se acaba, transmuta su letra por otra, es un enigma que siendo falsa haya terminado siendo cierta.
¿De dónde vienen las palabras con su andar andrajoso, de dónde sacan sus interpretaciones revolucionarias en un desierto, a dónde llevan el agua del molino, por qué sirven a unos y a otros, al muerto y al vivo, al desquiciado y al cuerdo? ¿Quién las dijo primero?
Uno de todos dijo que yo, y yo era. Dijo mi nombre. Yo antes jugaba con mi nombre hasta que lo escuché salir por la ventana, leer otras palabras, hacer otros nombres, deshacer el hilo enredado en una retahíla de pelados.
Debiéramos cortar las palabras, tirar algunas, hacerlas pagar un helado a la vuelta de una cuadra a solas con ellas mismas, encerradas en la expectación de su existencia.
Pero vamos por más, para que ocupen el sitio de otras palabras que hemos olvidado. Las traicionamos comoquiera, si decimos otras, si las olvidamos o ignoramos, si las cambiamos por otras. Este era un discurso revolucionario que se pervirtió en sistema.
Y la palabra que se dijo con los dientes apretados, soltó el cuchillo, vendió su fuerza, pasó a ser un hoyo, un negro dibujo en la boca.
En la retórica, la palabra cambia como todas las cosas, cambia también su nombre, son un viento de tierra, polvo de guano, precoz hilacho de estambre.
La palabra, si te apendejas, te chinga. Es un honor muy alto escucharla, es cierto, es un león cuando alguien la dice en tu contra; pero es algodón, invisible valor el de decir sin desdecirse nunca, aunque muera la cosa, y la palabra aun desenterrada, como tu nombre, te persiga.
HASTA LA PRÓXIMA.





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