Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Sí. Creo que todos nacimos con un propósito fundamental en la vida y, créanlo o no, hay objetivos que cumplir aunque estos sean los nuestros, tan cortos y ligeros.
Pienso que los escritores nacieron para eso, para ser escritores, para siempre ir sin decir no. Para llegar a todas partes o quedarse en la raya muriendo, ahogándose.
Nadie dijo que la vida es bonita si la vemos de colores o si no tenemos frío y hambre. La vida es más allá de eso, es casi la muerte, es el fino borde en la entrada y la salida, es una misma puerta.
Los escritores van a esos sitios donde otros no pueden o no quieren, que no van porque nacieron para otros objetivos, en otro tiempo o no han nacido.
Si escribes lo que lees, terminarás siendo como todos: una réplica de instantes, flashazos de lo que pudo ser, dicharacheros de la palabra para una noche de ambigú, buscadores inacabables de la palabra extraña.
No es para eso que un escritor nace.
Pero hay sitios que aún no se describen, situaciones que aún son encubiertas por el ser humano, podredumbres que aún no son descubiertas, tiranías absurdas, putrefacción de letras. Omisiones, olvidos, frases incompletas, prejuicios, retóricas felices, murmullos de élites y voces de los dueños de la estética fallida en un país fallido.
Yo pienso que escribo para decir esto.
La vida da la oportunidad artera de volver y volver, quienes han ido y no vuelven tienen otro regreso. La vida es un constante retorno al principio, venimos de nuestra muerte y buscamos perpetuarla. Hay que creer que hay algo grande atrás de todo esto…y nos espera.
La vida es una batalla por la conciencia, tratando de no acobardarse de lo que se ha sido, mucho antes que nosotros, mucho antes que sepamos a qué hemos venido, mucho antes de que logremos identificar qué somos, qué es lo que deseamos.
La copa de los árboles es igual que las raíces. Son funciones complementarias, manos y pies, fuerza y debilidad, dolor y gozo, purificación de aire.
Se escribe con un propósito sin saber cuál es. Eso hace mucho tiempo, mucho frío, muchos kilómetros entre otras cosas a las cuales se tenía miedo.
Pero nada es la sombra cuando la dibujas, cuando la escribes y la asombras, cuando haces fuego con las manos.
Mueves el sol con las cortinas de los dedos llagados, cuando enfurecido sacas un soldado de la casa y describes la bala enemiga que da en una hoja y la volteas oliendo a huesos.
Lees y escribes poco, casi nada, es la una de la mañana, y en el ambiente se seca el fuerte olor de pólvora encuadernada en un silencio mutuo.
HASTA LA PRÓXIMA.





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