Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Avanzo entre la calle. ¿Qué será de esos hombrecillos que veo a lo lejos? Si tiendo la mirada al fondo de la calle hay gente cruzando, bajándose de la banqueta. Enredándose parsimoniosamente en otro tiempo. En otras vidas.
¿Quiénes son esos hombrecillos que vienen y nos saludan y nos husmean la ropa, el modo de ser, de mirar a otros? Me han visto. No pude evitarlo como otras veces y debo resignarme a esta circunstancia no prevista.
Marchan juntos y revueltos, unos se adelantan y se meten a las tiendas. Algo traman. Les he visto emboscar a otros, tender una trampa en los cables de la comisión de electricidad.
¿Qué quieren? Si me detengo a platicar se niegan a sí mismos. Me han dicho de todo con el único objetivo de picarme los ojos. Y lo han logrado. La calle se vierte en edificios muy altos. Algunos se esconden en sus laberintos y suelen encajarse por dentro.
Son los más peligrosos, los que no ves, los que se esconden.
He vivido con la sensación de sobrevivencia a cada que me levanto, esa alegría de haber tenido otro día, se haber nacido y mirar el sol de nuevo engrandecido.
El pavimento se calienta al paso del mediodía oxidando la calle, quemando el viento. Detenidas en las sombras, las formas disuelven los manierismos dispersos en un lienzo de colores. El día lleva la beatitud de una monja atravesada en la calle.
He crecido con ellos alrededor y conozco algunos por su nombre de pila y por qué se los pusieron y dónde durmieron de niños. Cuando comienza el fuego se dispara a mansalva y se destroza al enemigo, al enigma de todos.
Me vigilan al paso si doy vuelta me siguen, tienden redes que se comunican para reportar mi ausencia, mi escasa llegada, mi posición de gorrión en este mundo. Me siento en una banca y amanezco despierto esperando la llegada del primer astronauta a la luna y pasa y ocurre de nuevo que el jardinero riega el pasto de la plaza como si fuera su casa.
Es peligroso andar en las calles sin el consentimiento de la gente, sin la venia de todos ellos en una democracia citadina e incluyente. Un totalitarismo pues de la chingada.
Es posible que si doy la vuelta todo concluya y la vida se invierta. No es que sea un viaje al pasado, son mis pasos que regresan y se vuelcan en una precipitada sucesión de pasos que te siguen de cerca y amenazan con alcanzarte antes de que des vuelta y estés de nuevo en esta presencia.
Es como la vida eso de volverse en sí y retroceder en el espejo del pensamiento destrozado en la meditación de una linda mañana. Pero no es necesario reconocer que afuera pasan los demás acarreando sus objetos. Arrastrando sus cuerpos por las banquetas, Llegando a todas partes.
Yo escapo con las tardes a mi casa metida en los barrios viejos de la ciudad. En el abismo de historias impublicables, entre los demás que llaman a mi puerta y me conocen y me dicen por mi nombre. Y yo soy el insoportable. Y retrocedo frente al espejo, me ajo el cabello y salgo.
Los de afuera me vieron salir, revisaron mis maletas de alguna manera, saben a dónde voy así como saben desde siempre de donde he venido. Me conocen mejor que yo y saben en cuales cosas he mentido y en cuáles no.
HASTA LA PRÓXIMA.






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