Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Escribir es un reino caído, un intento por tocar, oler la tinta digital, aspirar el combate en un retén a las afueras del pueblo.
Escribir es en el reino animal, el usurpador que se explica en metáforas.
Escribir es inteligencia, pizarrón, teorema, es una voz, un perfil, una sombra impuntual. Escribir es rotación de espejos
Con la tinta filosa, allanada a la vuelta de una casa, se empieza. Papel tinta, volátil, tierra debajo de la tierra es la escritura.
El final del túnel no era luz sino una braza que quemó tu mano. Después de la media noche hiciste un café hervido en medio de la oscuridad espantosa. Encendiste la luz y la oscuridad persistió hasta el final.
Es curiosa la noche ahora que lo recuerdas. Nunca le tuviste miedo, que dijeras miedo a las tinieblas. Y vaya que la palabra es canija.
Pero la noche es una ola inmensa bajo la luna. Son muchos millones de pesos, son un recuerdo muy adentro.
Miles de habitantes de este país esperarían el momento para olvidar sus penas y algunos se formarían para hacer sus trámites. Obviamente habría un plazo de vencimiento, como si fuese muy importante. Qué tontería.
La vida no tiene remedio en la noche. Está muy oscuro, se palpa apenas, se vislumbra el gato pasando. La circulación dolorosa de los ojos no sirve de nada.
La comunidad son ventanas encendidas, una forma de alocución entre los ocupantes, eso de encender la luz y apagarla al mismo tiempo. Y apagan la noche.
A media calle un profeta avanza entre los carros hablando de la palabra de Dios. Se escucha raro entre el trajinar confuso, desafinado y sin ritmo. La sola presencia de la noche es una invitación a la casa mientras va pasando un tráiler.
En otros temas. Me reporto desde los ojos. No tengo otra manera de ver la soledad, esa que se escucha, que se observa en la intensidad de un claxon que se escucha cada 60 segundos.
HASTA LA PRÓXIMA.





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