Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- El periodismo es el oficio más universal que hay en el mundo moderno. Cerca del poder, es natural que desde sus inicios el periodismo haya padecido y a veces disfrutado de esa cercanía.
Sin embargo el periodismo por sí mismo es un ejercicio cuya virtud, que es la verdad, lo aleja sensiblemente de los hombres del poder, en este caso no de todos.
Pero sí hay la tendencia, siempre la ha habido, de controlar de muchas formas los privilegios del poder diario de informar. Tendencia que en este país es institucional y de los grupos políticos que dominan un sector o una región, donde la geografía se llama corrupción.
En ese marco el licenciado Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos, es recibido por una prensa ávida de recursos periodísticos que amplíen su espectro de cobertura. Situación que confronta a los gobiernos con el periodismo, vía falta de transparencia.
Son recursos inalienables las respuestas concretas a preguntas concretas.
El periodismo nunca asumirá el gobierno de López Obrador. La prensa cuestionará, dadas las condiciones. El gobierno no es como nos lo dijeron. Dentro del gobierno había un gobierno, y afuera había otro, muy parecido. El cambio será lento, pero no por ello comprensible, hay mucho trabajo.
Es presumible que se acaben los asesinatos de periodistas por ejemplo. Es la mínima y la mayor exigencia. Es lógico que eso ocurra al distenderse el marco de acción bajo el cual esos crímenes se ejecutaban. Es posible un periodismo pleno.
Pero hay muchas maneras de cuestionar el periodismo y de coartar sus libertades por sobre la constitución. Una de ellas y la más tenebrosa es la intimidación.
Hay intimidación dispersa en los montículos de acciones por las que un periodista atraviesa cuando no es bien visto por el gobierno y sus hombres. Ha ocurrido por cien años por parte de los gobiernos revolucionarios, animal que también fue creciendo desmesuradamente; conforme la prensa se modernizó y alcanzó cifras inestimables de audiencia, hubo más periodistas muertos.
El animal más grande es el que mata periodistas en México y tal vez por ello, sin que se justifique de ninguna manera, los medios han jugado sólo el papel cultural de existir, salvo «raras avis» que se han jugado el pellejo.
Lo bueno es que existen, y que existieron los que se la han rifado, muchos de ellos cayeron en el frente de batalla por así decirlo. Hay que dar gracias a Dios que hizo esos prietitos en el arroz. Estuviéramos más dañados moralmente si estuviésemos de a tiro postrados, o lo que es peor, como poseídos por el demonio.
Alguien tiene que decir lo que está sucediendo. El periodismo es un oficio que se persigue casi de oficio en todas partes del mundo y, desdichadamente, nada más ve uno cómo han ido cayendo uno por uno los periodistas víctimas, al cabo de todo, de un mal gobierno. No precisamente de un gobierno ejecutor, que no es lo mismo.
Las cifras de crímenes en México son desalentadoras y queman la propia mano de López Obrador. La contundencia y la brevedad de darle una respuesta a todas las necesidades del periodismo es de una exigencia moral. Moral que por cierto lo rehabilita, como en todos los ámbitos ocurre por estos días, por ejemplo:
Decían que habría una debacle en el peso si AMLO era electo y lo cierto es que se ha fortalecido el peso.
Lejos de eso, la suerte del periodista está echada. Y tiene la ocasión -si así son aceptados en un séquito que se forme a propósito de esta mal llamada comunicación social- de afiliarse y crear una pequeña mafia, como la que antes se criticó.
El periodismo, sin comillas, desde sus escaparates y trincheras, debe buscar su espacio y penetrar el bajo mundo de la imaginación de los funcionarios. La nueva tendencia es el cambio, pero habrá que ver si el cambio no es el cambio por el cambio.
Hay sectores muy severamente dañados, que esperan con ansias el nuevo gobierno federal, lo asumen como si hubieran triunfado en una revolución, y tal vez tengan razón. Ya quiero que sea mañana.
En fin, que el papel del cambio no se queme en una hoguera y se resuelva, de una vez por todas, el asunto que atañe al periodismo mexicano, ya que, si bien el periodismo no necesariamente es confrontación, tampoco es complicidad ciega.
HASTA LA PRÓXIMA.






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