Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Olvido, luego recuerdo. Recuerdo, luego existo.
Sujeta al portal de la existencia, está la memoria. No una memoria plana o con un volumen determinado. La memoria es la nube del alma.
Existe lo que el cuerpo emocional quiere para vivir. El resto es olvido. Permanencia muda. Nula existencia.
Consumimos alma y el cuerpo físico consume su carne. Una parte de nosotros es caníbal, a un lado ha crecido el olvido.
El fruto de las acciones estalla en otras nuevas que forman diminutos espejos que brillan con el sol. Afuera puede ser terraza, calle, soleado campo de golf.
La mirada siembra cuerpos en los pastos donde crece una higuera de colores. Un sorprendente paisaje pasa y adquiere nuevas formas. La memoria miente para volverse olvido impenetrable, estación violenta.
Pero el olvido, que es soledad en esa gran casa, se asoma por la puerta y ve el fondo de la calle. En los pasillos del alma se detiene la vida, el tiempo, la vuelta del mundo. Estoy en un sitio inexplorado: el alma.
Desde el centro ceremonial donde se oficia el recuerdo, mitigado por el alcohol de la maldad, la desavenencia, el falso rumor y el miedo, el recuerdo es otro. No el nuestro. En una mesa redonda, el recuerdo se vuelve olvido.
El alma soporta la cruz de los sucesos amortajados, apilados sobre un monumental esfuerzo por la comprensión o el desahucio. El alma desnuda es arrinconada en una esfera. Tolera. Recuerda, saca hilos, pedazos de higos.
Mientras las palabras buscan un lugar en las ideas, los acontecimientos se adelantan y hacen su propia vida, como la de los sueños. Un sueño real, pero lateral y verdadero.
Para el cuerpo físico la memoria es ordinaria. Le place a un buen estilo de vida, la manera de hablar y el sentido del aprendizaje, que no es adquirido, sino del primate.
Una buena memoria nos permitiría restaurar las células más importantes de nuestro cuerpo físico antes de que muriesen, pero el olvido nos deplora, busca un sitio donde alimentarnos de fiambre.
Cada imagen es una memoria milenaria, y el alma, más viaje aun, la sabe, la pronuncia, la conoce.
El alma, esa viajera, esa otra memoria de la vida, es más que la vida en un sitio del tiempo de esta Era determinada por el espacio.
El alma permea otras almas. El cuerpo del alma, silencioso monstruo, ocupa la ciudad, el indebido futuro de ideas remotas y nunca realizables, encabezando los olvidos principales y las indiferencias mayúsculas.
El alma es pequeña, casi nada, deshecha, impenetrable, oscura, invisible. Vive en el corazón. Si la piensas no existe, es solo una presentimiento extraño. El alma es una voz inaudible, memoria de olvido.
Desde ahí el alma arroja mariposas. La noche es el escaparate mágico para la desaparición de los elementos vulgares de la memoria y la aparición de estrellas.
En el parque, la vida remota, la otra que vivimos durante el invierno del olvido, nos moja el inconsciente, y es entonces cuando el alma recuerda el olvido perfectamente…y nos olvida.
HASTA LA PRÓXIMA.





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