Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Miro al cielo y no he visto nada. Tengo la vista nublada. Tierra en los ojos. En mi semblante, asomado aun, el recurso de lo que fui hace unos segundos. Lo que callé o lo que dije.
Tumbado en la memoria, leo filtros en los libros, un abecedario conocido, desde luego infiero otro libro, pero eso no es lo preocupante.
Siempre el cuerpo de hojas, el desistimiento de los ojos, los dedos que aflojan o aprietan dan señales de insomnio, la calle al final tiene un final sin sueño.
Por el borrar de los días, las veces que ultrajé un sentido, lo pervertí. He sacado agua donde había tuzas, hice escaleras paralelas al cuerpo, me muevo en un alfiler encajado en el cerebro.
Desde las muelas, en la cripta angular del torcido hierro, dada la incomprensible falta de oxígeno, la luz emite un rayo verdozo que da a una sola plaza. El chicle se masca a esta hora.
Es nota un cerrar de ojos instintivo que te vuelve a la cama al notar que no has dormido. Atrás y delante del sueño, uno es el hermano, el hijo, el padre aun no nacido, el cigarro prendido.
Deletreo el mensaje de las sombras, lo escucho armonioso en los teclados de una gota de agua, abajo de un bajo natural. Sobre un repetido silencio, un grillo ausente, mítico, pasa lista de presentimiento.
Uno de todos en el mundo, quiere saber el nombre de quién toca el tambor a lo lejos, más allá de la almohada, más allá de una canción, más allá de una copa. Alguien sabe reír con los ojos innombrables y parpadeantes. Los carros siempre pasan a estas horas.
Es una retahila de hormigas asesinas las que se asoman entre las sombras fantasmales y asaltan los negocios de las esquinas del cuarto, un espectáculo de gigantes, seres de otros mundos prohibidos. Un aletear de pájaros revoloteando, dándote vueltas. Vendiendo la derrota.
En el baúl vacío concentro la ropa, la amistad de dos camisas únicas, la pubertad manifiesta de un par de calzones. Saco una manga y en la oscuridad apaga las señales de humo, sin pudor alguno, se esconde de mí.
No he visto el sol todavía que se enfríe, esta vez he doblado las cortinas para irlas haciendo pañuelos de mago, de donde salgan las mariposas y los aeroplanos. Hay el eje de un árbol girando, como de costumbre, soltando precipicios y nadie apaga el foco de la noche.
Con las manos, la cara, los dedos enredados en la sombra de un ventrílocuo, la luz de la luna divina, la queja muda de todo el silencio de los escombros, es la noche. No temas.
El insomnio tarda en darse cuenta, se lava uno la cara. La noche nunca empieza.
HASTA LA PRÓXIMA.





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