Por Oscar Misael Hernández (Investigador de El Colegio de la Frontera Norte)
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Ivón desapareció. Hace un año, en fechas patrias. Su madre, mi amiga de la infancia, comenzó a enloquecer de la angustia. Familiares y amigos quedaron perplejos. Yo preocupado. Recordé a la niña que un par de veranos atrás fue a visitarnos a mi pareja y a mí. A la niña que, entre broma y enserio, me decía papá, porque el suyo apenas lo conocía. Ivón tenía trece años e iba a la secundaria cuando desapareció. Era una niña de una comunidad rural, en el sur de Tamaulipas. Las autoridades fueron informadas. Una alerta Ámber se accionó y los medios de comunicación apoyaron. En redes sociales, su madre impulsó una campaña de difusión a la que muchas y muchos nos sumamos. Ella recibió mensajes de esperanza, pero también amenazas. Aun así, Ivón no apareció… hasta dos meses después. Sus restos óseos fueron encontrados.
En México, los feminicidios se hicieron visibles con las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez en la década de los noventa. Sin embargo, es hasta el año 2007 que se emite un instrumento legal: la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en la que los feminicidios se definen como: “La forma extrema de violencia de género contra las mujeres, producto de la violación de sus derechos humanos, en los ámbitos público y privado (…)”. Irónicamente, dos años después la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió un fallo en el que responsabilizó al Estado mexicano por negligencia en las investigaciones de casos feminicidas en Ciudad Juárez.[i]
En el año 2012 una reforma del Código Penal Federal incorporó el delito de feminicidio. Entre los años 2011 y 2018 los Códigos Penales de diferentes entidades siguieron el mismo camino. No obstante, los feminicidios continúan y cada vez son más: tan sólo en el primer semestre del año 2020, se registraron un total de 489 mujeres y niñas asesinadas en el país; un 9.2% más que en el primer semestre del 2019.[ii] Los feminicidios son actos monstruosos. No hay otra forma de adjetivarlos.
Jill Radford y Diana E. H. Russell hicieron visible el neologismo y lo posicionaron en la agenda transnacional. Lo definieron como “el asesinato misógino de las mujeres por los hombres”, “el asesinato de las mujeres por los hombres porque ellas son mujeres” y como “una forma de violencia sexual”.[iii] En México académicas feministas como Marcela Lagarde, Julia Monárrez, entre otras, han reflexionado y aportado al respecto, además de las madres y colectivos de familiares que buscan a sus muertas o exigen justicia por ellas ante gobernantes más preocupados por pinturas o monumentos rayados.
Los feminicidios, entonces, son la expresión de vileza de algunos hombres contra mujeres y niñas. Sin embargo, los hombres feminicidas no son los únicos monstruos que participan en tales actos. Michel Foucault,[iv] en sus cátedras en el Collège de France, en la década de los setenta, hizo visibles a los monstruos como figuras sociohistóricas de lo anormal, que son objeto del poder disciplinario-normalizador: el monstruo humano, el monstruo moral-jurídico y el monstruo político. Se trata de tres figuras relacionadas entre sí, cuyo denominador común es “la forma espontánea, la forma brutal, pero por consiguiente, la forma natural de (evidenciar) la contranaturaleza”. Monstruos que, tanto en historias y leyendas, como en la realidad, son una advertencia (del latín monstruum, verbo monere) de lo que traspasa y trasgrede la naturaleza humana.
El primero de ellos, el monstruo humano, Foucault lo definió como el individuo que “en su existencia misma y su forma, no sólo es violación de las leyes de la sociedad, sino también de las leyes de la naturaleza”. Se trata de un monstruo que combina lo imposible y lo prohibido: son los asesinos de las 489 mujeres y niñas en la primera mitad de este año, quienes han violentado los cuerpos, las almas, las familias, a pesar de una Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, de las instituciones de justicia del Estado mexicano, o en muchos casos, a pesar de la relación de parentesco entre los feminicidas y sus víctimas.
El monstruo humano, después de todo, se inscribe como tal dentro de un sistema de violencia de género que se ancla en la misoginia, incluso en la homofobia. La propiedad del monstruo, agrega Foucault, “consiste en afirmarse como tal, (en) explicar en sí mismo todas las desviaciones que pueden derivar de él”. Los casos reseñados por Leo Zuckermann,[v] en un artículo sobre el tema, nos dan idea de cómo los monstruos se afirman como tales en sus víctimas: mujeres asesinadas de un balazo o con un hacha por esposos, mujeres violadas, torturadas y ejecutadas por desconocidos; niñas abusadas sexualmente y asesinadas por hombres, mujeres ejecutadas por denunciar acoso o secuestros de parte de policías, mujeres asesinadas y con órganos extraídos; y la lista sigue.
Por otro lado, está el monstruo moral-jurídico. Para Foucault, se trata de la manifestación natural de la definición colectiva de lo que es contranaturaleza, pero específicamente, de “la sospecha sistemática de monstruosidad en el fondo de toda criminalidad”. En otras palabras: el monstruo moral es un sistema que matiza lo que es la anormalidad (la moral, a final de cuentas, define lo bueno y lo malo), sistema que muta a instrumentos legales que hacen cumplir normas de conducta y definen quien es un criminal. La paradoja de este monstruo moral-jurídico, nos dice Foucault, es que precisamente utiliza una economía de poder punitivo que reproduce lo que hace el monstruo humano (castigo, terror, suplicio). Se trata de un exceso ritual del poder, aunque en el caso mexicano, esto no siempre es así: feminicidas prófugos o bien detenidos y exonerados, son comunes y convierten al monstruo moral-jurídico en su cómplice.
No en balde, para Foucault, el monstruo moral
también se convierte en un monstruo político: el soberano que hace de su
interés la ley arbitraria, o bien que se atribuye la posibilidad de
tergiversarla, suspenderla o, como mínimo, no aplicarla a otros y menos a sí
mismo. El monstruo político es quizás el peor, cómplice del monstruo humano y
mutación del moral-jurídico. Los tres nos quitaron a Ivón, y a otras tantas
mujeres y niñas en Tamaulipas, donde en la última década se registraron 185
asesinatos de mujeres.[vi]
Ivón ya no está, pero vive en nuestras memorias y corazones que demandan verdad
y justicia.
[i] Corte Interamericana de Derechos Humanos (2009), “Caso González y otras (“Campo Algodonero”) Vs. México”, en https://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_205_esp.pdf
[ii] Forbes México (2020), “El feminicidio aumenta en 2020 mientras AMLO apunta al neoliberalismo”, en https://www.forbes.com.mx/politica-feminicidio-aumenta-amlo-neoliberalismo/
[iii] Radford, Jill y Diana E. H. Russell, eds. (1992), Femicide: The Politics of Woman Killing, New York: Twayne Publishers, pp. xi, xiv y 3.
[iv] Foucault, Michel (2000), Los anormales. Curso en el Collège de France (1974-1875), México: Fondo de Cultura Económica.
[v] Zuckermann, Leo (2020), “Los feminicidios en México”, en https://www.excelsior.com.mx/opinion/leo-zuckermann/los-feminicidios-en-mexico/1369083
[vi] García, Jesús Alberto (2020), “En diez años se registran 185 feminicidios en Tamaulipas”, en https://www.milenio.com/politica/10-anos-registran-185-feminicidios-tamaulipas-maria-salguero







Discussion about this post