Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Traigo medio cerrado un ojo, el derecho, por ahí siento que se me andaba cegando la vida. Con el otro ojo trato de aclarar el polvo de la migraña, el estropajo de las lagañas. Camino sin embargo.
A unos metros más mi cuerpo sabe que resiste, pero yo, en mi interior me siento desconfiado. La cabeza comienza un leve mareo como un barco, luego otro más que me obliga a sacar fuerzas y recargarme en la barda de ladrillo.
Con mi ojo ahora empañado trato de ver el siguiente paso figurado, no sé si lo di, no hay seguridad de eso. Lo que recuerdo es que desperté en poco tiempo y ya tendido de espadas en el pasto. ¿Qué estoy haciendo aquí me dije?
Así que me incorporé tratando de recordar cómo me había caído. Me dio coraje. Cuánto tiempo duré ahí tendido, nunca lo supe. Esto, que nunca me había ocurrido, llegaba así de repente y empezaba una fiera batalla a campo abierto, a plena calle conmigo.
Acaso fue la debilidad de los días anteriores sin comer que ahora me cobra factura. Más adelante comprobé que algo andaba mal.
El mundo me comenzó a dar vueltas y como siempre ocurre enfrente estaba el sujeto lavando su camioneta, ese que nunca he podido ver ni me ha visto en escena. Yo me iba a caer de un momento a otro. Y tampoco me iba a rebajar sentándome y que el otro preguntara lo que quisiera preguntar. A un lado un perro lo olisqueaba.
Mi cuerpo iba seco, puedo adivinar lo pálido en mis cabellos. Caminé un poco más, solo un poco más para llegar a la esquina y ahí caí de nuevo, esta vez sin meter las manos.
El oro del polvo, la cuerda dentada, el hilo roto, las tibias soledades de los cortijos. Cuando empiezas a caer se siente un vértigo. Una desdicha pasajera. En los tabernáculos de la memoria hay pensamientos de niño.
La cabeza comenzó a oscurecerse como si fuera de noche. Y duermes. En el viaje tan corto al suelo, esa parte entra impune como en todas las cosas.
Caigo, la cara va y golpea a la orilla de un árbol y raspa la mejilla, la lija. Un dedo cupo en medio, se hinchó de inmediato. Y ves la pared resbalar de la mirada oscura.
Alguien, que debió ser un señor de 30 años que me dijo, oiga: ¿se siente bien, quiere que llamemos a la Cruz Roja?, y yo me imaginé efectivamente llagando la Cruz Roja. Por eso le dije que no.
Me pude sentar y bajo esa perspectiva se suponía que podría levantarme y caminar. No sé qué tanto tiempo esperé para hacer eso. Me preguntaba: ¿Qué hacía yo allí en el suelo, tendido de espaldas? ¿Cómo había llegado al suelo?
No esperé mucho para verme peor. Al caminar noté que caminaba a duras penas, que avanzaba en “eses” tratando de equilibrarme. Vi la cuadra que da a mi casa y solo había que cruzar la calle como siempre. Así que cayéndome, recargado en la pared, increíblemente, mis piernas cada vez perdían fuerza.
El cuerpo no pudo sostenerse en la mirada fija al fondo de la calle y vino la tercera caída, esta vez sobre la banqueta. Días después he reflexionado acerca de qué hubiera gente viendo, pero solo atisbé a una señora que lava ajeno, un señor que cuida un parque y un profesor.
Lo demás si me lo preguntan fue la misma oscuridad letal que dobló mis rodillas y me perdió para siempre por un rato, caí al suelo y con el mentón di en el filo de la banqueta. Imagino que en ese instante brotó el borbotón de sangre, según la camisa, pero no me di cuenta.
Sentía calor en el cuerpo que iba muriendo. Caí del cuerpo, caí de cuerpo entero a la orilla de un carro. Entre el cordón de la banqueta y la llanta trasera
Había perdido la batalla. Yo si sabía qué era todo aquello, pero cuando me lo preguntaron no lo sabía.
Los golpes tan poderosos recién dados a la cara representan un valor cualquiera que este sea.
Cuando me pude recuperar fue porque vi que venía un señor dispuesto a hacerme las preguntas acostumbradas en estos casos, así que armado de valor y puesta integridad y dignidad fui por el último tramo de mi vida.
Pensé que la puerta estaba abierta y sí estaba abierta, así que me pasé por una esquina y me colé a la recámara y caí boca arriba. Inconsciente.
Tenté con mis dedos los golpes, las protuberancias, pero volvía a quedar inconsciente. El golpe en la cabeza hacía su efecto. Esta vez me hizo retorcerme hacía un lado de la cama y dolerme profundamente como si estuviera rajando con un hacha. Estaba muriendo.
En el ring el golpe vino de un cruzado de zurda que se estrelló atrás de mi oreja y me noqueó al instante. Todavía reconozco que así noqueado me levanté para recibir lo que restara de ese día. Me dieron una paliza. El sujeto me miraba con mucha confianza, miraba mi miedo el bato.
Yo no estaba asustado. Estaba más que eso, metido en mi cuerpo tratando de ser ese que ahora era. Noté que en el segundo round no pude tirar mi primer chingazo sin que el tipo lo evitara, sería mi primer trancazo, podríamos hacer fiesta de eso.
Al contrario, esta vez plagado de más fuerza, como si antes solo hubiera estado calentando, se arrojó sobres de mí como si en vez de boxear quisiera atropellarme o llevarme de encuentro.
Yo con el puro sopor hubiera tenido. Con el puro peste. Empero el individuo comenzó a golpearme. Así que de una parte sacó un marro porque con ese me pegó en la quijada al grado de que no puedo comer. No logro abrir o cerrar la boca.
En una costilla traigo un golpe tranquilón.
Voy a estar bien, me digo. Si uno se da cuenta que habrá de sobrevivir empieza a tener la confianza. Yo estaba perdido. El último golpe fue como ya dije, un gancho cruzado que dobló por la parte posterior de mi cabeza como un zape.
HASTA LA PRÓXIMA.







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