Rigoberto Hernández Guevara
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Con el paso del tiempo he enflaquecido.
Sin dieta, sin proponérmelo, simplemente he bajado de peso y cada vez estoy más flaco, como si caminara rumbo a una especie de desaparición exitosa. Mi cuerpo ha perdido volumen y es un hilo en el aire.
Cada vez que la gente me observa se siente sorprendida, aunque no quiera, aunque lo disimule. Estás súper delgado Rigo, pero te queda carnal, Ja, nombre Rigo qué flaco estás, ya no adelgaces. No, si no es a propósito, me digo yo por dentro, como si no bastara con saberlo.
Mi sombra es una raya en el suelo y cosas de esas.
Un día me habló un amigo, que le urgía hablar conmigo. Ha de haber estado a la vuelta de la esquina porque pronto lo vi venir, subir echo madre por las escaleras. Le abrí y en poco tiempo, casi nada, estaba sentado frente a mi en la sala, y soltó el moco.
Es feo ver llorar a un bato. Yo me he visto llorar muchas veces en el espejo, pero no es lo mismo, sé que se llora de veras, uno no anda fingiendo. El caso es que mi cuate sollozaba y no cesaba, hasta que lo tuve que volver en sí. Sacudiéndole un poco el hombro.
-Oye carnal, qué te sucede.
Le dije, mientras razonaba, y pensaba que mi caso particular, mi situación existencial era de las más patéticas del mundo, la más siniestra, la más pocholaquienta, pero al ver a este cuate chillar, no tuve menos que compadecerme. Lo que ha de estar sufriendo, lo ha de haber dejado su vieja.
-No llores carnal, ¿qué tienes?
-No mames pinche Rigo, estás bien flaco.
Y eso de que yo estoy flaco, es bastante cierto, muy flaco. Pero nunca pensé que ese fuese un motivo como para ponerse a llorar. O quién sabe.
El caso es que para cuando se fue mi amigo -luego de invitarme inutilmente a cenar o de querer darme un billete y hasta dejar que revisara el armario por si tenía una pistola, y de yo mismo explicarle que lo último que haría en esta vida sería suicidarme, y él, hacer como si hubiera entendido ni madre, se fue-. Yo me quedé pensando en las penúltimas palabras que me dijo.
«No quiero que te mueras amigo».
Yo no había pensado en la eventualidad de morir hasta que este güey me la recordó. Puede uno morir por inanición, pero eso estaba controlado desde un principio. Pues mi cerebro está entrenado casi proféticamente desde hace años en mis locas tareas de meditación.
Mi cuerpo asumió su poder absoluto sobre mi predominio y hoy es un sujeto independiente. No he podido comer desde hace 25 días, pero ha sido paulatino, hace un año comía una vez por día, pero el tiempo me ha recortado.
No he sentido ningún tipo de malestar. Aclaro que tampoco tengo sed. Casi no bebo agua; de alguna parte de mi cuerpo el cuerpo la absorbe, la toma desde su sistema hidráulico de hueso y carne.
Lo que vio mi amigo ha de haber sido parte de mi esqueleto, por lo delgado, traslúcido a través de la lámpara, mi corazón pulsante, mi pulmón chico con el aire apretado y el estomago perdido. Y con eso tuvo. Se asustó.
Porque ésta parte, donde ya se me ve el hueso y los gusanos, me cuidé de que no la notara.
HASTA LA PRÓXIMA.





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