Por Pegaso
Reynosa, Tamaulipas.- Meditando en mi mullido cumulonimbus, me di cuenta de cómo la Internet llegó para quedarse, revolucionar y transformar la vida de miles de millones de personas alrededor del planeta.
Se trata de un cambio global que inició allá, por el año de 1969.
Era yo entonces un Pegaso chaval. Me disponía a ingresar al año siguiente a la escuela primaria, después de migrar de mi natal Mexicalpan de las Tunas a Caliche City.
La Internet, como hoy la conocemos, nació de un proyecto llamado ARPANET, pero no fue sino hasta veinte años después, en 1989, cuando se puso en marcha el protocolo de búsqueda remota de archivos de hipertexto, o sea, la Worl Wide Web (www).
Con el paso de los años y el perfeccionamiento de la tecnología informática, nos fuimos llenando de conceptos cada vez más familiares, como correo electrónico o inbox, para enviar correspondencia virtual, y finalmente llegaron las malditas (o benditas, según el punto de vista que se vea) redes sociales.
A cincuenta años de Arpanet y a treinta de Internet, hoy vemos un mundo completamente diferente.
No puede uno voltear hacia un lado, porque ahí está alguien tecleando en su celular. Somos esclavos de la tecnología.
Como dice un conocido divulgador, Yuval Noah Harari, ahora somos adoradores de los datos. Tenemos una nueva fe llamada dataísmo que está desplazando a las religiones tradicionales, como el cristianismo, el catolicismo, el islamismo o el taoísmo.
¿Qué es diferente ahora de lo que fue antes?
Bueno. Antes las parejas de novios tenían que enviarse cartitas por correo, las cuales tardaban hasta una semana en llegar a su destino. El galán tenía en su cartera la foto de su amada en blanco y negro o en sepia; se tomaban de la mano y se iban al cine o a la plaza, mientras se quedaban viendo a los ojos uno al otro.
Nuestros padres (Nota de la Redacción: Tú tampoco te coces al primer hervor, Pegasiux) escuchaban las más populares estaciones de radio en un vetusto aparato o se sentaban frente a la televisión a ver sus moconovelas o a entretenerse con la emisión del programa «Sube, Pelayo, Sube», y los domingos desde muy temrpano disfrutaban de Chabelo con sus catafixias y los chafísimas muebles Troncoso.
En las calles los chavos jugaban al trompo, al balero y a la cuerda, o se iban a un llano a echarse una cascarita de fut. Tiempos perdidos que ya no regresarán.
La web nos ha transformado a todos. Tanto así que no podemos estar unos segundos despegados del teléfono celular o la computadora.
En un mundo globalizado como el nuestro, es necesario estar en contacto con la mayor cantidad posible de personas. Hay quienes hacen cualquier barrabasada para conseguir «visitas» y «likes».
Se sabe de jovencitos que se han puesto en peligro de muerte para hacer viral algún video.
Si vamos por la calle, vemos que todo mundo está pegado a la pantalla del celular, chateando. Es casi imposible sustraerse a la tentación de abrir los mensajes o redes sociales cuando vamos manejando.
En las reuniones familiares, que se supone son para el acercamiento filial, cada quien está por su lado con el maldito teléfono.
Quien dijo que la Internet ha acercado a los que están lejos, pero alejado a los que están cerca, tiene toda la razón.
Ahora los novios, en lugar de irse al cine, se sientan uno enfrente del otro, pero con la vista clavada en la pantalla, riéndose de lo que comparten los cuates y a su vez, posteando fotos y comentarios bobos.
La red evoluciona y nosotros con ella.
Por lo pronto, aquí nos quedamos con el refrán estilo Pegaso: «¡Envíame un mensaje de telefonía móvil mediante la aplicación WhatsApp!» (¡Mándame un wasapazo!)







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