Por Pegaso
Reynosa, Tamaulipas.- Luego de mi vuelo matutino, esta mañana, me decidí a escribir esta columna por primera vez en domingo, motivado por las palabras homofóbicas e insensibles del artista de música vernácula Vicente Fernández.
En un hospital de Estados Unidos le fue diagnosticado a don Chente un tumor en el hígado.
Resulta que en ese nosocomio, curiosamente, había un hígado nuevecito, listo para implantarlo en el abdomen del vejete, sin embargo, éste lo rechazó diciendo: «N’ombre, yo no voy a dormir con mi vieja con un hígado de otro cabrón que a lo mejor hasta joto era»,-palabras más, palabras menos.
Todo hubiera pasado como una ocurrencia más del palurdo y rústico personaje, de no ser por la furiosa, gallarda y valiente respuesta de la madre de la pequeña Alondra, una niña de 1 año que falleció de muerte cerebral, en un hospital de Monterrey, cuyos órganos fueron donados para salvar vidas.
La señora Jennifer le dio una trapeada al Charro de Huentitán y pidió que se disculpara públicamente.
«En México-reproduzco la información publicada en algunos medios- hay más de 20 mil personas que esperan un órgano, el 20% son niños. Alrededor de 15 a 20 personas mueren diariamente esperando una oportunidad como la que usted desperdició. Con la mano en la cintura, con lujo de burla y desprecio, rechazó. No contento con eso, lo promulga en los medios, ha de estar muy orgulloso de lo que hizo. ¿Quiere un aplauso el señor? Usted se atrevió a llamar cabrón a alguien que falleció y que probablemente su última voluntad fue donar sus órganos para salvar vidas. ¿No se le ocurre que este cabrón tiene familia? Para usted era un drogadicto desechable. A usted se le hizo fácil pensar que quien le dona vida no es merecedor de trascender en el cuerpo de Don Vicente Fernández. Qué poquito amor al prójimo, qué nulo respeto, qué hipócrita».
Confieso que Chente siempre me cayó mal, desde mi tierna infancia, cuando se oían en la radio canciones como El Arracadas o La Ley del Monte.
Recientemente, en una página de Internet, a alguien se le ocurrió compararlo con las grandes figuras de la música y el cine nacionales, tales como Pedro Infante, Jorge Negrete y Javier Solís.
Y la verdad, quedó muy mal parado. Nada qué ver con el carisma de aquellas rutilantes estrellas que adornan el firmamento del arte nacional, que además, eran sencillos y modestos (Nota de la Redacción: Eso no se aplica para Jorge Negrete, que era bien mamón).
A la muerte del último de los grandes, Javier Solís (Gabriel Siria Levario-1 septiembre de 1931-19 de abril de 1966), el espectáculo mexicano sólo nos dio divas engreídas y petulantes.
Vicente Fernández no es para nada el sucesor de las grandes estrellas, puesto que su calidad histriónica y humana siempre fue dudosa.
Luego vino el Juanga, El Pirulí, José José y tantos payasos más que pretendieron lograr un lugar en el corazón de la gente.
Tal vez, y este es mi juicio personal, podría salvarse José María Napoleón, por las letras de sus canciones que invitan a la reflexión y su sensibilidad al interpretarlas.
Pero después de ahí vino el acabose. Y México se llenó de basura, como el tal Luismi, Cristian Castro o Lupillo Rivera.
No sé si Chente se disculpará con la mamá de la pequeña Alondra, pero si está leyendo esta columna, le puedo decir que esta es una de las peores formas que tuvo de acabar su borrascosa carrera.
Si no la está leyendo, alguien hágale llegar el refrán estilo Pegaso: «Pordiosero y con sección gruesa de madera». (Limosnero y con garrote).






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