Antonio Arratia Tirado
Cd. Victoria, Tamaulipas.- La mujer de rojo era el objetivo de los cuatro. Hacinados en la camioneta Van usada por Pilar Gómez Lean en campaña, Oscar Almaraz Smer, Arturo Soto Alemán y Mario Ramos Tamez respiraron aliviados cuando la vieron venir, cantando y contoneándose, seguida muy de cerca por un individuo que dejó la banqueta para grabar el encargo.
Era el pasado día 2 de mayo y por varios municipios de Tamaulipas circulaban las caravanas vehiculares del PAN, en apoyo del gobernador Francisco García Cabeza de Vaca.
Sin embargo, la camioneta en que se trasladaban los cuatro candidatos victorenses esperaba algo o a alguien antes de terminar su recorrido.
La mujer de rojo era su objetivo.
Cuando la vieron dirigirse a ellos se acomodaron para salir bien a cuadro: Almaraz, Mario Ramos, Pilar Gómez y Arturo Soto, en ese orden.
-Los estábamos esperando -les dice la mujer, que se bamboleaba grotescamente.
-Ya vente, para la foto -la conminan, casi al unísono.
– Hazte para acá, y levanta la bandera -le piden.
Alguien le pide que la levante más y en la bandera blanca se alcanza a leer el apellido de Almaraz.
Entonces, henchido de orgullo, con su propia mano Almaraz le hace levantar más la bandera.
-Vamos por la victoria -dice la mujer.
-¡Eso! -festejan los cuatro.
Pilar Gómez impone una especie de “moción de orden, porque su nombre no estaba en la banderola blanca: “Todos vamos por la Victoria”.
Algo extraño había empezado a ocurrir en ese pequeño espacio que albergaba a los cuatro candidatos del PAN.
La mutación era grotesca, tanto que aun con cubrebocas sus rostros empezaron a verse transfigurados por una especie de sevicia, de desesperación e incluso de odio. Algo les atormenta el alma, o lo que sea que tengan.
Oscar Almaraz casi empuja a la mujer, para que repitiera lo dicho frente a la cámara oficial, prácticamente preparada exprofeso.
-¡Di eso frente a la cámara! -ordenó Oscar Almaraz, ya investido en actor de opereta barata que hacía avanzar el guión preparado, porque casi era hora de seguir con la caravana. Pasar incomodidades no es algo que pueda asumir con gusto.
La mujer acató la orden y se puso frente ante la cámara.
Y entonces soltó el exabrupto, una sinfonía para los oídos de los cuatro candidatos que transitan sus respectivas campañas, llenos de miedo a perder, porque empiezan a cosechar el rencor y el odio que han sembrado entre los victorenses.
-Vamos por la victoria ¡y que chinguen a su madre los que nos han estado jodiendo! -exclamó la mujer vestida de rojo brillante.
Y desaparecieron las formas
Las estrategias para la obtención de votos estallaron en pedazos.
Lo que captaba la cámara eran rostros transfigurados, una especie de ansia de revancha, de venganza contra el desclasado victorense que de unas semanas para acá ha osado desdeñarlos y llamarles por su verdadero nombre: ineptos, traidores y corruptos.
Luego de la estentórea mentada de madre a los habitantes de Ciudad Victoria que ha estado “jodiéndolos”, los cuatro candidatos enseñaron sus verdaderos rostros, congestionados por el odio que les produce que -en sus sueños de grandeza y de potentados de oropel- se les empiece a igualar al pueblo raso y naco, que por desgracia para ellos también tiene necesidad de alimentarse, de beber agua e incluso de mentarles la madre a los que, como ellos, han hecho del clasismo un modo de vida, aun cuando el dinero sea de esos seres que los políticos abominan y solo toleran en época de elecciones.
Casi al unísono, estallaron los adjetivos más abyectos, no por su significado en sí mismos, sino porque quienes los proferían, por estrategia -la decencia no se les da- debieron haber mostrado algún respeto por el prójimo, más allá de que en realidad sea un cliente electoral.
¡Eso!, ¡A webo!. Y hasta un ¡eso mamona! salió de la boca de los “cuatro fantásticos”, que a unos día del Día de la Madre desahogaron sus putrefactos intestinos, quizás porque saben que si el Estado no mete el acelerador para hacerlos ganar al costo que sea se convertirán en lo que realmente son, pero tratan de disimularlo: Unos nacos consumados, pero sin el esfuerzo, el sudor y la decencia con que la mayoría de los victorenses -a los que deben lo que son- se ganan la vida.
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